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La segunda salida del placard: ser gay y vivir con VIH

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Ser gay y querer contarlo, la primera salida del clóset. Tener VIH y querer contarlo, la segunda salida. ¿Cómo se viven ambos momentos? ¿Qué similitudes tienen? ¿Cuándo es el mejor momento para hablar de cuestiones tan íntimas? Alejandro Viedma comparte con los lectores de Boquitas pintadas algunos apuntes sobre su experiencia en el consultorio con varones gays que viven con VIH en un intento por responder a estas preguntas.
La segunda salida del placard
La importancia de profesionales y consultorios inclusivos
En mi clínica analítica con adultos vengo notando, de parte de varones gays que viven con VIH, la necesidad de atenderse con psicólogos y médicos “amigables” para abordar estos temas.
Según mi punto de vista no es justificable, hoy en día, que profesionales de la salud trabajen en sus consultorios con prejuicios por falta de información actualizada o que reproduzcan conceptos preestablecidos que están cimentados por una ideología moralista y hegemónica, o por otras causas que llevan a juzgar, criticar o direccionar el deseo del paciente, precisamente lo más singular que posee. En ese accionar, el profesional, se estaría comportando de una manera poco ética, más allá de que esté en juego o no el tema del VIH-SIDA.
Yo tomo el camino de contener a ese sujeto que consulta, alojar los interrogantes que se hace y así co-pensarlos, ver cómo está dicha persona, cómo vive, qué siente, cómo se maneja con los cuidados en sus prácticas sexuales y, en todo caso, revisar por qué se conduce de tal forma, más allá de con quién y cuántas veces mantenga relaciones sexuales; todas cuestiones a desplegar si la infección del VIH se hubiera producido por la vía sexual.
En los últimos tiempos y conforme mi experiencia, los pacientes buscan un profesional que les brinde serenidad; así como la persona infectada espera de un psicólogo que pueda contener la “intranquilidad” que suele generar tener un diagnóstico positivo, alguien que pueda escuchar el llanto, el enojo, los temores, las incertidumbres de saber que uno vive con el virus y a partir de allí ayudar a esa persona a que pueda construir alternativas saludables, de un infectólogo precisan recibir algo como: “Si te comprometes con este tratamiento vas a estar mejor, mantené la calma y seguí las indicaciones que te doy”. Y, por supuesto, también están atentos a que el psicólogo esté sensibilizado en el tema, que sea idóneo, es decir, que el saber profesional esté acompañado de la empatía necesaria para crear un clima de confianza, porque ya bastante violencia vienen recibiendo de lo social. Por tales motivos, desde la primera entrevista, los consultantes que arriban con un padecimiento subjetivo de gran magnitud (sobre todo si recientemente tuvieron un diagnóstico positivo), no dejan de tantear qué cara pone el analista, si cambia su lenguaje corporal, si es otro ser más que los va a discriminar, si “se queda mudo” o qué dice cuando por fin pueden manifestar eso que les cuesta mucho abrir en sus otros círculos sociales, principalmente en el laboral y en el afectivo, donde la mirada de los más cercanos, familiares y amigos, es la que consideran más preponderante.
Resumiendo este apartado, la actitud del terapeuta con un paciente que vive con VIH o SIDA es fundamental al momento de abordar qué es lo que provoca la infección del VIH en las personas. Saber que vivir con VIH se entiende, del lado del profesional, como una característica más de alguien, baja los niveles de ansiedad y estrés, y ese es el primer paso para que una persona seropositiva pueda abrirse, con menos dificultades, al resto de su gente.
¿Cuándo es el mejor momento para contárselo?
Viñeta de un ex paciente a quien llamaré Camilo, de 30 años
“No sé cuándo es el momento indicado para contarlo, esa situación para mí nunca es cómoda, aunque ahora es menos dura que antes… siempre me conectaba al momento que me dieron el diagnóstico positivo, me actualizaba aquel día y me producía dolor, me angustiaba”.
Aquí entran a jugarse diversas cosas a nivel psíquico. Cuando una persona se entera que vive con VIH suelen emerger cuestiones relacionadas con la enfermedad, el deterioro, la muerte, ya que crece el grado de vulnerabilidad al mismo tiempo que baja la autoestima. Parte del dolor y de la angustia que expresa Camilo en su testimonio tal vez tenga que ver con su pregunta, pero a ese interrogante le precede o subyace además otra pregunta: “¿Se lo tengo que decir?”. En este punto, muchos sujetos que viven con VIH diferencian si se encontrarán con un otro “sólo para sexo” y, en esa circunstancia no consideran que haya que decirlo, o si sienten que aquel compañero sexual podría devenir en un novio o una pareja, como apuntaba “Camilo”.
Por otro lado, están presentes las expectativas por las respuestas del partenaire. En aquella sesión de terapia, Camilo continuó: “El miedo a que te rechacen siempre está… (Se toma unos segundos para repensarlo). Ahora no sé si es temor, pero no deja de ser desagradable si lo toman mal, hay un malestar. Yo siempre me cuidé con preservativo, pero más de una vez, cuando creí que la cosa podía avanzar con alguien para algo más que sexo y pude hablarlo, me contestaron: “¿Por qué no me lo dijiste antes?”. Y qué sé yo cuándo es ese “antes”… ¿Antes de vernos?, ¿cuando empezamos a chatear?, ¿cuando nos vimos por cam?, ¿cuando nos conocimos personalmente?, ¿a la tercera salida? Si no sabés qué va a pasar… O supuestamente lo tomaron bien, y a la semana se borraron”.
Me gustaría sumar, a lo que antecede, algunas preguntas propias: ¿por qué aparece la necesidad de contar que uno vive con VIH o SIDA?, ¿qué sucedería si no surgiese esa necesidad? En definitiva, lo más importante ¿no es implementar las medidas de auto cuidado?
Lo grupal para empoderarse
En 12 años de coordinar grupos de encuentro y reflexión para varones gays predominantemente mayores de 35 años en la Asociación Civil Puerta Abierta, sólo excepcionalmente algunos contaron que son seropositivos. Sí lo hicieron en un espacio más privado, como lo es el consultorio de su analista o con amigos muy cercanos.
Sostengo, por lo precedente, que esta cuestión se trata de una segunda salida del clóset, y para muchos es más complicada que haberse asumido gay y habérselo comunicado a sus allegados. El concepto de doble salida del placard es algo que también utilizan las mujeres lesbianas por el hecho de ser mujeres. Pero creo que en el caso del VIH opera también el sentimiento de culpa, de sentir constantemente que es algo “evitable”. No es la misma clase de culpa o vergüenza, por llamarlo de alguna manera, que cuando hablamos de sexualidades distintas a lo heterosexual. Aquí hacemos referencia a una enfermedad crónica que en el 80 por ciento de los casos -dato publicado por la Fundación Huésped o por el Ministerio de Salud- se transmite por relaciones sexuales sin protección. En el caso de las identidades “disidentes”, se ha desterrado el concepto de elección, mientras que hablar sobre el VIH exige otras fortalezas, involucrarse con la situación, hacer la adherencia al tratamiento, la medicación, pero también luchar para recuperar la propia autoestima.
Pero los miedos empiezan a achicarse cuando se puede hablar de lo que a uno lo aterra, toda carga es menos pesada si se comparte lo que uno silencia. En tal sentido, otro tanto sucede en la otra orilla, del lado de los que conocen a alguien que vive con VIH… Ejemplo de ello es cuando determinadas dudas pueden ser verbalizadas: “Si nos cuidamos al momento de la penetración pero no cuando tenemos sexo oral, ¿puedo contagiarme?”, preguntaba otro expaciente seropositivo.
Para finalizar, puedo concluir que los grupos de pertenencia donde puedes hablar con otros que comparten tu situación son una herramienta interesante porque también ayudan a desdramatizar y fortalecerte para mejorar tu relación con el resto de las personas.
Sumá tu Me Gusta en la Fan Page: https://www.facebook.com/Alejandro-Viedma-Psi-197298870290333/ Muchas gracias!!

El próximo miércoles 9 de marzo a las 20 se inicia la treceava temporada del grupo de reflexión de varones gays en Puerta Abierta, en el barrio porteño de San Cristóbal. Para ingresar al grupo el lic. Viedma toma una entrevista previa, que podés concertar comunicándote al tel. 15-6165-4485 alejandroviedmapsi@hotmail.com.ar

Yo, tú y ellos merodeando por el ropero

POR ALEJANDRO VIEDMA Algunas impresiones y preguntas sobre la entrada, la permanencia y la salida del clóset. Publicado por agmagazine.info el 01-09-10.

Pese a la reciente aprobación del matrimonio igualitario en la Argentina, muchas personas lesbianas, gay y bisexuales aún siguen dentro del ropero, no hablan sobre su orientación homo o bisexual. Por otro lado, es necesario resaltar que tanto en los pueblos del interior de nuestro país como en los demás países latinoamericanos, para las personas que conforman el colectivo LGBT todo se complica más, sobre todo por la presencia de ciertas peculiaridades que se añaden a cada geografía específica, como ser el poder de la iglesia, la edad mayor, la clase socio-económica baja, las diferencias culturales por género, entre otras cuestiones.

Cada sujeto es arquitecto de su propio armario empotrado, de su guardarropas cerrado que igualmente trasluce cómo está intrincada y ubicada su estantería, porque lo no verbalizado/ble logra traspasar el filtro del tamiz represivo, es decir que a trasluz siempre se deja permear algo de lo que se dificulta poner en palabras.

El sujeto que está absolutamente dentro del placard se encuentra embutido, comprimido. El quedarse dentro del clóset dependerá de cada uno, del tiempo que necesite, de su (in) capacidad de tolerar el sufrimiento.

Además del individuo particular, siempre participan otros obreros de la construcción en este armado que por ende es también grupal, por la introyección del mandato -que viene desde el exterior- de impostar la postura de la orientación homo o bisexual.

La imposición de la impostación de la homo o de la bisexualidad, la orden de no expresar “la verdad” del deseo del sujeto, sigue funcionando con violencia en buena (¡o mala!) parte de la sociedad latinoamericana, porque es violento que el otro irrumpa en el deseo singular de uno. Desde ese lugar, el sujeto podría desaparecer puesto que se intenta arrasar con su subjetividad.

El mensaje que se aplica puede llegar a través de distintas vías, por ejemplo directamente de una madre, un padre, un hermano, o en las escuelas con el bullying (hostigamiento o acoso en las aulas), o de una manera cuasi indirecta pero no menos virulenta, como por ejemplo en interpretaciones subjetivas de pasajes de la Biblia o a través de los medios masivos de comunicación, en donde se desvaloriza lo femenino, se des-informa, haciendo ecuaciones no valederas, como por ejemplo gay=abusador de menores. Ecuaciones que se dan en una continuidad, o sea que no tiene existencia una situación sin la/s otra/s, no son independientes las expresiones de las ecuaciones, están convocadas por variables y atravesamientos diversos.

Entre las formas sugestivas, menos directas, más solapadas existen modos de inducción al cambio por parte de supuestos profesionales de la salud mental, por la homofobia del terapeuta, por lo cual ciertos pacientes no se sienten oídos, entendidos por sus analistas, ¡encima que cuesta tanto enunciar en voz alta la homo o la bisexualidad! En lugar de historizar a esos sujetos, escucharlos, aportarles dignidad, metas que también deberían constituirse en responsabilidad de los terapeutas, se los sigue destinando al sufrimiento. El psicólogo o psiquiatra que considera a la homosexualidad como una enfermedad es un incompetente porque se basa en un planteamiento –que se transformó en su ideología- que ya caducó hace mucho tiempo.

De lo que hay certeza es de ese padecimiento de la gente que está dentro del clóset, que se conecta en soledad con sus propias heridas, dolores de estos damnificados sociales, sobre todo por parte de seres malintencionados (allí operaría algo más del orden del odio que de la ignorancia), dolorosas heridas que se cubren para formar un collar montañoso, un dique de contención frente a otros ataques.

De la siguiente manera entonces resultaría un engranaje, unos caminos con flechas que se retroalimentan constantemente: primero el mandato emerge por la homofobia social, luego se alza el placard subjetivo también por la homofobia internalizada de cada individuo, internalización por no cumplir con el ideal del Otro, que insiste en respetar la prohibición, por lo cual lo desafiado es castigado y luego auto castigado por la culpa y la vergüenza que afloran por no seguir las reglas rígidas de los demás.

Así, la materialización del clóset se da en el vértice justo entre el sujeto y su grupo sociocultural (barrial, provincial, nacional y continental), oscila entre lo personal y lo institucional, entre lo individual y lo colectivo, donde habitan muchos más que dos.

Ahora bien, y con toda la situación descrita precedentemente, es decir, con una importante porción social machista, heterosexista, que todavía intenta fabricar individuos gay, lesbianas, bisexuales y trans enclosetados, imposibilitados de ser abiertamente LGBT, sujetos que se jueguen por sus deseos, es pertinente preguntarse: ¿cómo se hace en América Latina para estar totalmente fuera del ropero? ¿De qué se agarran esos sujetos para atravesar exitosamente el proceso de la salida del armario? ¿Qué ayuda a cada persona a no claudicar en el recorrido de su proceso de asumirse, primero él/ella mismo/a y luego ante los otros? Seguramente también será un logro singular de cada quien, dependiendo de con quién/es cuenta y de qué herramientas personales hace uso para su conquista individual.

Haciendo un salto respecto de la línea que venía escribiendo, también se me ocurre preguntarme… Llevar a que alguien entre en el clóset, ¿es igual o distinto a la frase nefasta que circulaba en la época del proceso militar argentino? En la dictadura funcionaba/corría el “no te metás”, que significaba no inmiscuirse en una situación determinada, confusa, ilegal, complicada, el hacerse el sordo, el ciego, el mudo, no implicarse. Se les decía a nuestros compatriotas: “no hablen, no denuncien”; entonces: “metete en tu casa, en un placard, de lo contrario vas a terminar mal, en una zanja”. Hace ya un tiempo la sociedad argentina está aprendiendo que no debe dar vuelta la cara, y que tiene que tener memoria también con los compañeros LGBT compatriotas, torturados y desaparecidos.

Desde mi posición, anhelo que se deje de esconder bajo la alfombra, ya que las orientaciones sexuales o identidades de género contranormativas no representan una basura, mugre o suciedad. Y además, como decía al principio de este escrito, el ocultamiento total es de por sí un imposible porque hasta por las hendijas o por los tragaluces se cuelan los rayos del deseo y en algún momento las ollas de presión explotan por la libido en ebullición, energía anteriormente sublimada en deportes, carreras exitosas o trabajos full time, modos de tapar por estar so-metido al poder heteronormativo.

Pero, y despidiéndome con ciertos interrogantes para seguir reflexionando: hoy, comenzando setiembre de 2010, ¿cuál es el orden que se intenta preservar diciéndoles a los gays que no lo digan? ¿Sólo se trataría de mantener un orden social/moral/hetero-reproductivo? ¿Qué significación adquiere ese precepto en cada región latinoamericana? ¿Cuáles son los efectos sociales del silencio? ¿Qué es lo que no se quiere/puede oír? ¿Cuáles son los resortes que se mueven por debajo de los mensajes que mutilan los decires? ¿Cómo actúa y qué consecuencias apareja aquel mandato para las personas LGBT? ¿Qué tienen en el norte las personas que censuran? ¿Cuál es en la actualidad la amenaza, el temor que se les presenta a las personas que discriminan? ¿Qué condiciona al otro de la homo o bisexualidad de uno? ¿Dónde están más condicionados los gays, las/los bi y las lesbianas argentinos/as? ¿Por quiénes? ¿Cuándo y por qué se condicionan más las propias lesbianas y/o los propios gays? ¿Qué los a-condiciona?

Activistas por los derechos de las personas LGBT se expresaron en contra de la homofobia en la Legislatura porteña

En ocasión del Día Internacional contra la Homofobia, el lunes 17 de mayo de 2010 se organizó en la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires una sesión especial en la que fueron invitadas personas comprometidas con diversos temas sociales a ocupar una banca en el recinto.

La sesión fue presidida por las presidentas de las Comisiones de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud, y de Derechos Humanos, Diana Maffía y Gabriela Alegre, respectivamente. Cada invitada/o dispuso de algunos minutos para hablar de su experiencia como grupo y expresar sus demandas al poder legislativo.

A continuación, las palabras que pronunciara el lic. Alejandro Viedma:

En primer lugar, desde la organización Puerta Abierta, integrante de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FALGBT), queremos agradecer la invitación a esta Sesión Simbólica.

Consideramos pertinente nuestra participación puesto que siendo un equipo de profesionales de la salud mental, trabajamos básicamente con lo simbólico: a través de nuestra escucha somos receptores de los discursos de nuestros pacientes y de las vivencias que comparten los concurrentes a los grupos de reflexión para lesbianas y gays que coordinamos. De tal modo, no solo estas personas se subjetivizan e historizan vía palabra, sino que nos transmiten cuáles son los efectos de las palabras de terceros en sus vidas, en sus cotidianidades y en sus cuerpos.

Desde nuestra experiencia, sostenemos que aún en el 2010 muchos de los sujetos LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans) presentan problemas psíquicos y físicos producto de la discriminación que sufren en los distintos espacios que ocupan y por los cuales transitan, ya que las opiniones de muchos individuos en nuestro país siguen siendo peyorativas y/o a modo de insultos respecto de las orientaciones sexuales e identidades de género contranormativas.

En este sentido, la lic. Graciela Balestra, directora de Puerta Abierta, habla de una hipótesis: las personas LGBT principalmente las que están dentro del placard) se enferman más –que no es lo mismo que decir “son (más) enfermas”- que las heterosexuales. Es por ello que en los últimos años estamos llevando adelante una investigación cuyos primeros datos arrojados corroboran dicha suposición.

Creemos que la violencia simbólica que se imparte en lo socio cultural contra los sujetos LGBT es una de las principales causantes de su malestar. En los últimos meses en relación a la modificación de la ley de matrimonio y aunque los medios de comunicación estén más “gay-friendly”, o al menos se refieran al tema de una forma políticamente correcta, también oímos declaraciones -por parte de invitados o conductores de algunos programas de tv- que denigran a las personas LGBT, ejemplo de ello son las comparaciones de las parejas del mismo sexo que desean casarse, con animales o con el incesto o con las poli relaciones.

Como terapeutas continuamos escuchando las dificultades de cada sujeto para vivir libremente su "gaycidad". Muchos de los sujetos LGBT hacen del consultorio de su psicólogo/a el único espacio en donde su sexualidad es decible, de hecho muchos analizantes aún no compartieron con nadie de su entorno su sexualidad, lo cual se da sobre todo en los rangos etáreos más vulnerables, constituidos por los más jóvenes y los adultos mayores, y muchos siguen internalizando la homofobia silenciando, mintiendo, escondiéndose, aislándose, por experimentar miedo y vergüenza.

En nuestra experiencia clínica se ilumina un punto, y es que sólo como excepción recibimos algún caso de un consultante que tenga conflictos internos específicamente por su homosexualidad (sobre todo al comienzo de su proceso del coming out) y quiera cambiarla -cosa imposible porque no hay nada en esta orientación sexual para corregir, curar o revertir-, por lo tanto nuestro primer reclamo y pedido que expresamos al poder legislativo de la Ciudad Autónoma de Bs. As. es que repudiemos y demandemos colectivamente a los que ofrecen terapias conversivas/reparativas. Sí en la absoluta mayoría de los casos, los conflictos emergen cuando las personas LGBT tienen que expresar en lo social su modo singular de sexualidad, pues se enfrentan con la presión y la amenaza del afuera para que vivan “enclosetados” o "placarizados", lo que con el tiempo les resulta insoportable.

Algo obvio pero no por eso menos verdadero es que las personas lesbianas, gays, bisexuales y trans no presentarían homofobia internalizada, no internalizarían la homofobia sin la existencia previa de la homofobia social. Mientras no combatamos la homofobia social no romperemos con el circuito de introyección y reproducción de la homofobia.

Por eso la segunda de las demandas que traemos es que el contenido de los mensajes vertidos desde los medios de comunicación sea controlado adecuadamente. Consideramos que la libertad de expresión no significa decir cualquier cosa ni ofender, herir, juzgar al otro desde un lugar de superioridad que posiciona al sujeto LGBT como objeto o como un ser diferente, enfermo o degenerado, por no tener una sexualidad hegemónica.

Además, otra demanda y estrategia fundamental sugerida por nosotros, es que se trabaje la homofobia desde la base, desde la educación, desde los primeros años de los niños en las escuelas, porque desde allí se cimientan los prejuicios. Entonces, si no se respeta la diversidad en general y no se implementa correctamente el concepto de diversidad sexual en particular (primeramente en las instituciones educativas y luego en las demás instituciones sociales como por ejemplo las del área laboral), nunca se podrá modificar y erradicar la desigualdad de derechos y oportunidades.

Para finalizar, en ocasión del Día Internacional contra la homo/lesbo/bi/transfobia yo, Alejandro Viedma, renuevo mi compromiso con estos temas sociales tratando de promover salud, sin olvidar que se cumple y celebramos hoy un vigésimo aniversario, ya que se ha instituido el 17 de mayo como "Día de Lucha Contra la Discriminación por Orientación Sexual o Identidad de Género", coincidiendo con la fecha en que la Organización Mundial de la Salud (OMS) suprimió la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales del DSMlV, en el año 1990, y además recordando el mismo hito pero por parte de la Asociación de Psiquiatras Americana (APA), que tuvo lugar en el año 1973.
 

Angustia por clóset. ¿Qué dicen las mujeres lesbianas y los varones gay? ¿Qué esconden sus silencios y qué manifiestan sus cuerpos?

Por: lic. Alejandro Viedma*

Publicado el 05 de febrero de 2010 en la revista virtual para la diversidad sexual y de género de Hispanoamérica Knot, Anudando las diferencias, número 5.

“El cuerpo para el psicoanálisis es algo a construir por
identificación con un Otro, identificación fundante, primaria
para Freud, que luego Lacan retoma en su conceptualización
del estadío del espejo. Es, además, un territorio erógeno, una
superficie de otro orden de lo netamente biológico, orgánico.
Como a los humanos el lenguaje nos precede, el cuerpo es significante.
Es un lugar que aloja y manifiesta, expresa síntomas
cuando no hay tramitación vía palabra”. Alejandro Viedma.


Introducción
En este escrito intentaré recorrer algunos de los puntos que estoy empezando a ordenar, ciertas cuestiones sobre las especificidades en la clínica con lesbianas y gays, es decir, qué particularidades son repetitivas en los discursos e historias de vidas de estos sujetos, repeticiones que pueden aflorar a causa del malestar de nuestra cultura contemporánea, a pesar de que desde la clínica psicoanalítica siempre apuntamos al caso por caso, a las dificultades singulares que se nos presentan a los terapeutas en cada demanda de análisis.

A modo de adelanto, comparto con los lectores que lo primero encontrado en todos los relatos de estos pacientes fue: la recepción (de la transmisión), la internalización y la reproducción del mandato “no se lo digas a nadie” (mandato/consigna que lesbianas y gays en los últimos tiempos desafían y traspasan), por lo cual los que rodean a estas personas se dividen en dos grandes subgrupos, en dos campos distintos que abarcan “los que saben” y “los que no saben” de su orientación sexual y expresión de género.

La tríada circulación-interiorización-reproducción del imperativo de ocultar la “elección” de objeto homosexual desencadena acciones que empujan al sujeto gay o a la sujeto lesbiana a “enclosetarse”, a armar su propio ropero y meterse en el mismo, transformándose ese hecho en procesos singulares que arrojan semejanzas pero también, por la variable de género atravesando, diferencias entre lesbianas y gays[i].

Lo inagotable del coming out of the closet
El coming out of the closet (expresión inglesa que designa el acto de una persona homosexual de revelar la orientación sexual a las personas cercanas) es un proceso, indicado en el uso del gerundio del verbo “saliendo”. Es un proceso porque la salida del armario no es de una vez y para siempre. Como todo proceso abarca etapas en su recorrido, ya que para salir del placard son precisos varios pasos previos y los primeros justamente guiaron al sujeto a ingresar en ese espacio imaginario.

El que está dentro del clóset es una persona que tuvo la necesidad de tapizarse, de cubrirse, de revocarse, de auto exiliarse, de aislarse al modo de llevar consigo un walkman (¡qué antiguo soy!) gigante cuyos auriculares abrigan todo su cuerpo y su interior, y lo defienden de ciertos ataques externos.

¿Cuál es el principio del principio, el comienzo de este proceso de empezar a almacenar, a guardar cosas en la alacena, en los aparadores? Es un acto solitario, acto amoroso por no deshonrar al otro, por sentir un deshonor si se lo “traicionara”.

Así, empieza un dilema entre las propias lealtades y las posibles traiciones propinadas al otro. De hecho, si tenemos en cuenta que el término en inglés para nombrar a una persona heterosexual es straight, el cual significa transparente, recto, leal, honesto, ¿sería el gay tapado un individuo desleal, deshonesto, quien esconde algo? Se instala la duda entre hacerle caso a la legitimidad de la propia verdad que lo viste como íntegro o el fraude hacia los demás. El sujeto empieza a mentir y luego a enredarse con esos inventos por miedo a que lo salpiquen insultos o por las fantasías que surgen del temor a aterrorizar a la horda que lo rodea, a posicionarla en el lugar de víctima.

Relacionando lo precedente con ciertos párrafos de Pierre Rey, que volcó en su gran novela Una temporada con Lacan, transcribo: “Un mentiroso dice: “Miento.”
Al decir “miento” dice la verdad.

Y si la dice ya no miente. En estas condiciones sigue mintiendo, pero si miente es porque dice la verdad confesando ser un mentiroso.

Por consiguiente, diciendo la verdad cuando reconoce mentir, vuelve a ser mentiroso al asegurar que miente.

Conclusión: se puede mentir porque se dice la verdad, y a la inversa, decir la verdad cuando se miente”[ii].

“… toda mentira no es más que el punto focal del lugar donde la verdad se manifiesta…”[iii].

Entonces, se comienza a construir un mundo propio dentro de una burbuja, que más que tener la capacidad de disolverse fácil y rápidamente, va transformándose en una armadura que hasta puede llegar a oxidarse con el paso del tiempo, a fusionarse con otros aspectos de la subjetividad y así producir efectos malignos, dañinos intra muros.

Efectos subjetivos del clóset, la angustia
Para cualquier persona, el estar en el clóset trae aparejado ciertas consecuencias. En algunas ocasiones se hacen presente síntomas por la homofobia (primero presente en todos los lazos afectivos y sociales y luego internalizada), síntomas que son modos de evitación de la “condición angustiante”, en términos freudianos.

Como señala Rey, “La creación nunca se debe a una felicidad. Es el resultado de una carencia. Es el contrapeso de una angustia (…)”[iv].

La angustia es un afecto siempre constatable en lesbianas y gays por los miedos (por ej., al rechazo) que experimentan dichos analizantes. Angustia que a veces se encuentra en un callejón sin salida porque el sujeto se enmaraña en silencios y ocultamientos laberínticos, a causa de la exposición impune de contenidos homofóbicos en las interacciones cotidianas, por ejemplo en las escuelas, los trabajos, los medios de comunicación, etc.

José Arturo Granados Cosme opina que “Hay evidencias empíricas acerca de mayores índices de intento de suicidio, angustia y depresión en los homosexuales, en comparación con la población heterosexual (Stronski y Remafedi, 1998). Con este conjunto de riesgos se configura un perfil de daños a la salud mental de los homosexuales que tiene en la homofobia su determinante cultural más profunda (…)[v]”.

Aquella burbuja que ha sido evanescente porque explotó al chocarse contra la primera pared heteronormativa, paradójicamente también fue deviniendo en callo en la estructura del sujeto que se enmascara, porque ese vivir en el placard actúa a modo de objeto contra fobígeno ante la angustia. Continúo con Rey:

“(…) el embrión de poder que yo ejercía era lo que me hacía adoptar la máscara que imaginaba era lo adecuado al ejercicio de ese poder: no dejar traslucir nada de las emociones, no exhibir los estados de ánimo, no decir nada para sentirse protegido del Otro por la desazón que en él, como un espejo opaco, provoca el silencio, no evocar nunca el objeto de nuestro deseo para conservar una posibilidad de que se cumpla, dar vuelta en torno a las cosas, disimular (…).

Utilizar los dos viejos escudos de la represión, el supuesto pudor, esa máscara que sella los labios ante las rebeliones y remite al torbellino de palabras que se pudren por no pronunciarse nunca, y la irrisión, flanqueada por los estereotipos que dependen de ella…[vi]”.

Para la sujeto lesbiana o el sujeto gay que está en el clóset, la angustia, al decir de Freud, tendría la función de señal de alarma por el peligro ante algo, peligro por una inminente pérdida de amor, por la posibilidad de desalojo, de exilio proveniente del Otro.

Jacques Lacan, en el seminario X, nos dice que la angustia emerge cuando aparece algo en ese lugar (en el espejo) donde no se debería ver, donde debería haber una opacidad, cuando se produce lo visible en un punto opaco. Otra definición de la angustia sería: lo que no tiene palabra.

El espacio imaginario luego deviene real. Ese objeto armario convivirá con la persona gay o lesbiana hasta que lo pueda “donar” a un otro, tiempo en el cual se perturba el silencio. Allí algo logra aflojarse, cuestión que puedo escuchar cada vez que un paciente viene a su terapia a hablar de lo que sintió después de contarle a alguien sobre su orientación sexual: alivio, por quitarse “un peso de encima”.

Abriendo las puertas
La salida del armario de una persona significa la revelación de su elección de objeto homosexual, o sea, el asumirse como lesbiana, gay, o como otra categoría estigmatizada (bisexual, transexual) frente a un círculo de otros cercanos.

De esta manera, el coming out of the closet es un hecho de lenguaje, hay algo que es necesario ser dicho, pero ¡ojo! El analista deberá tener en cuenta cómo está “armado” su paciente, cuál es su estructura clínica y cómo es su contexto (familiar, laboral, de redes, etc), de otro modo posiblemente esté cayendo, el profesional, en el error de empujar al analizante a un acting, por dirigir otro imperativo, opuesto al primero, y poco cuidadoso, que sería: “decilo”.

Me refiero además a que, como terapeuta, uno no se debe olvidar que cada proceso es singular, que cada individuo tiene su tiempo lógico y no sólo cronológico: “La palabra, como nos lo prueban los bebés octogenarios o los ancianos de veinte años con los que todos tratamos todos los días, nada tiene que ver con la edad, sino con la aptitud de un individuo que por fin se hace libre, autónomo en su pensamiento, es decir, sujeto de sí mismo, y no de las circunstancias exteriores de su trabajo, de un discurso o del dinero que recibe, para amar, decidir, asumir[vii]”.

Cito nuevamente: “Ahora bien, es un hecho que ninguna superación, ningún salto se produce sin el sufrimiento[viii]”. Esta oración puedo relacionarla con que lo que se diga en la salida del clóset no es sin costos (no obstante estar totalmente adentro de aquel acarrea más consecuencias negativas), y siempre es necesaria la elaboración del suceso en un tiempo posterior.

¿Se transfiere, en la salida del placard, la angustia al otro? El coming out de alguien produce en los demás angustia porque eso que debería haber permanecido velado (que el sujeto siga “tapado”, que no hable sobre su orientación homosexual) salió a la luz. Muchas veces para la familia o los amigos de una persona lesbiana o gay, la revelación de la homosexualidad de esta última es algo inesperado, se produce la angustia porque justamente para aquellos se trata de algo loco que irrumpe. Por tal motivo, en muchos de los seres cercanos a la lesbiana o al gay posteriormente opera la desmentida, el no querer saber nada de ello, a pesar de que ya se lo conoció.

Conclusión
Siempre habrá algo del orden de lo inabordable del todo en el proceso de la salida del ropero. Casi sin pausa, uno sale, entra otro. El hijo habla, el padre silencia. Los militantes gritan, la sociedad vocifera: “¿por qué no se lo guardan?, ¿qué necesidad tienen de contarlo?, ¡eso tiene que permanecer en su privacidad!”.

Y también, casi sin pausa, ciertos sujetos continúan cumpliendo el imperativo de mentir, de esconder, de silenciar, por lo cual sus cuerpos siguen sintomatizando. Porque lo que no pasa por la palabra, se aloja en el soma.

Por razones de género, al varón heterosexual se le permite manifestar su objeto de deseo, se lo autoriza a silbar a la dama que transita por la vereda y se lo habilita para que cuente sus amoríos con cuanta mujer respire, sea dicho hombre casado, soltero, viudo o divorciado.

Para la mujer lesbiana o el varón gay se alza una proscripción, la de la libertad de expresar un vínculo afectivo sexual con alguien de su mismo sexo o género, en el mejor de los casos, si es que previamente tal sujeto se autorizó a sí mismo para poder vivir ese, su amor.

Es por tal motivo que muchas veces el consultorio es el espacio exclusivo para que una relación homosexual pueda ser contada y actualizada. Como lugar complementario, un grupo de pares se transforma en un círculo ideal para que un ser pueda sentirse escuchado, comprendido y sostenido por otros semejantes que no apuntan a herir con juicios valorativos negativos, que no lo colocan como un blanco móvil para la violencia.

Espacios funcionales como grandes vestidores preparados para contener a los distintos placares para que puedan complementarse, descubrirse, identificarse, asumirse y respetarse. Eso que en la heterosexualidad se produce a la intemperie y con visibilidad sin velo, en la homosexualidad contemporánea sólo puede producirse en áreas protegidas, a resguardo, como un rito sagrado de adultos que se reconocen a sí mismos y a sus pares como iguales en lo diverso.

Lugares y redes para que el clóset deje de ser un síntoma en sí mismo, regiones preparadas para que los que hablen sean los propios protagonistas y no sus cuerpos productores de síntomas, somas verborrágicos de dolores.

Bibliografía:


*Freud, Sigmund, “Inhibición, síntoma y angustia”, en Obras completas, Vol. XX, impreso en los Talleres Gráficos Color Efe, Bs. As., 1996, Amorrortu editores.
* Granados Cosme, J.A., “Orden sexual y alteridad. La homofobia masculina en el espejo” en Nueva Antropología, Vol. XVIII Nº61, septiembre 2002.
*Lacan, Jacques, “La Angustia”, Seminario 10, 1962—1963, Versión íntegra.
*Rey, Pierre, “Una temporada con Lacan”, Cuarta edición (Argentina): agosto de 1997, Ed. Planeta.

Notas
[i] Una de esas diferencias la puede constituir el hecho de que una pareja lésbica pasa más desapercibida que otra conformada por dos varones, ya que entre chicas no está desaprobada la demostración de afecto en lugares públicos, no así entre varones, por lo que esas mujeres caminando de la mano pueden ser consideradas “mejores amigas”, sin levantar demasiada sospecha de una relación amorosa.
[ii] Rey, 1997: 139.
[iii] Ibidem.
[iv] Ibidem, p. 19.
[v] Granados Cosme, 2002: 95.
[vi] Rey, 1997: 132.
[vii] Ibidem, p. 181.
[viii] Ibidem, p. 92.

Los (otros) clósets

Por ALEJANDRO VIEDMA | Reflexiones acerca de distintos modos de armar placares y las subjetivas salidas de los mismos. Publicado por agmagazine.info el 12 de mayo de 2009.

Del concepto al objeto
Al concepto CLÓSET lo entiendo como nuclear, ordenador y/o catalizador de cientos de temas porque conecta, motoriza y se relaciona con muchísimas nociones como las de la (homo) sexualidad, las represiones (internas y externas) sufridas, las creencias (religiosas, culturales, científicas, políticas), los sentimientos (amorosos, temerosos, angustiosos) aflorados en el ser humano, las dinámicas establecidas dentro de las familias, etc., etc.
Tomo al clóset como un dispositivo, un andamiaje, un aparato sociocultural que es a la vez grupal e individual, y por tener estas características agrupa a otras, como la masividad y la unicidad.
El placard puede adoptar distintas formas, o tal vez sería más adecuado nombrar a los muebles en plural, y por lo antedicho en el párrafo precedente, también puede ser nominado en singular si no dejamos de tener en cuenta que hay tantos clósets como seres humanos que los crean.
Como factor universal, podemos observar que cualquier armario puede hacer las veces de tegumento, de piel, de elemento envolvente y aislante que cobija del mundo exterior y a la vez nunca proscribe la comunicación con el mismo, es decir, siempre que hablemos del clóset tendremos que tener en cuenta que dicha abstracción conlleva la relación, la retroalimentación permanente entre un continente y un contenido.
Entonces, los territorios lindantes estarán divididos por marcos, puertas, materiales diversos como hierro, madera, plástico que pueden actuar como metonimias de lo fronterizo, de los filtros, de lo que el sujeto -que no puede asumir abierta y/o públicamente su orientación sexual- monta en la escena ante un otro: las (no) palabras, las mentiras, los pudores, los remordimientos, las sensaciones de estar atrapado y/o desamparado, el dolor, la bronca por los reproches recibidos posteriormente, entre muchos otros componentes presentes más.
Otro objeto hallable dentro de un placard sería la naftalina, que tiene como finalidad mantener la ropa sin que sea apolillada o, podríamos pensar, para que el sujeto pueda tornarse fuerte, para que exprese su ser en su totalidad, que no luzca con agujeros, debilidades ante los demás “invasores” y pueda ser útil para cuando decida cruzar ese límite, cuando se disponga a dar el/los paso/s subsiguientes.
Roperos distintos, la misma lógica
Si bien casi toda lesbiana y casi todo gay transcurre en su vida por la situación de “enclosetamiento”, no tiene la exclusividad, la única venia para la construcción del placard, es decir, cualquier ser humano puede estar en este estado por equis motivo. El clóset de las lesbianas y los gays es particular, con especificidades, sin embargo, ciertas características también pueden encontrarse en otros sujetos que pueden ser heterosexuales, o sea, establecerse en un clóset va más allá de la orientación sexual o de la identidad de género de la persona encajonada, ya que ese sujeto se interna dentro de un locker, casillero, recoveco o como quiera llamárselo porque a ese rincón lo concibe como una autoprotección, lo funda como mecanismo de defensa.
Actualmente, donde en la Argentina convivimos a diario con el problema de la inseguridad, es pertinente acudir a alegorías: el clóset como símil de la acción de autoblindarse, enfundarse en un chaleco antibalas, manejar y trasladarse en un automóvil con los vidrios polarizados, donde la persona puede observar gran parte de lo que lo rodea mas impide que los otros se adentren en su interior, que lo hieran.
Es en este sentido que puedo pensar en otros clósets, y a modo de ilustración puedo enumerar: el caso de una persona que tiene una relación con un/a amante hace muchos años y vive dicho vínculo escondiéndolo, sin libertad alguna; o el de un sujeto que padece una enfermedad –aquí se puede pensar en un trastorno alimentario, como la bulimia o la anorexia-, y la sufre solo, sin comentárselo a nadie; o el de alguien que es presa de la violencia doméstica, violencia naturalizada desde hace años en el interior de su pareja o su familia, sobre todo en los casos de violencia de género -cuando la mujer no puede hacer otra cosa que mentir, negar o esconder los golpes o al violento porque vive amenazada-; o el de un sujeto a quien le cuesta muchísimo superar una adicción; o el de una persona –sobre todo menor de edad- que ha sufrido o está sufriendo reiterados abusos sexuales. En los casos anteriormente citados y en muchos otros, generalmente se instala el miedo a “hacerle mal al otro” (por ejemplo una mujer golpeada si compartiera su infierno con su madre o con alguna hermana o amiga) si se lo contara, o se vive asustado por el rechazo y por la consecuente condena social, por ende el secreto permanece gelificado en la propia soledad.
Otro ejemplo lo puede constituir algún tipo de emigración ilegal del país de origen. Hace un par de años escuché en la voz de Julieta Venegas una canción que directamente me llevó a imaginarme el clóset, se trataba de “La jaula de oro”, tema popularizado por el grupo Los tigres del Norte. El texto es un testimonio sobre la emigración mexicana, y en más de una oportunidad la Venegas en vivo le dedicó dicha pieza a todos los paisanos que se encuentran en los Estados Unidos. Abajo “pego” la letra de esta canción:
La jaula de oro
Aquí estoy establecido
en los Estado Unidos
diez años pasaron ya.
En que crucé de mojado
papeles no he arreglado
sigo siendo un ilegal.
Tengo mi esposa y mis hijos
que me los traje muy chicos
y se han olvidado ya.
De mi México querido
del que yo nunca me olvido
y no puedo regresar.
De qué me sirve el dinero
si estoy como prisionero
dentro de esta gran nación.
Cuando me acuerdo hasta lloro
que aunque la jaula sea de oro
no deja de ser prisión.
Mis hijos no hablan conmigo
otro idioma han aprendido
y olvidado el español.
Piensan como americanos
niegan que son mexicanos
aunque tengan mi color.
De mi trabajo a mi casa
yo no se lo que me pasa
que aunque soy hombre de hogar.
Casi no salgo a la calle
pues tengo miedo que me hallen
y me puedan deportar
La situación descrita es clara: uno se establece en un lugar donde pasa años, por lo cual luego cuesta salir o correrse de allí. Dicho sitio puede en un momento ofrecer una especie de confort, de peligrosa o (auto) engañosa comodidad, ya que uno necesariamente se convierte en un presidiario en tal circunstancia, pues el silencio, la incomunicación, lo vergonzoso para uno (y para los demás) y la negación provocan angustia, porque hasta los seres queridos y cercanos se vuelven extraños y uno se vuelve ajeno para ellos.
Pareciera como si ese sujeto, en el tratar de olvidarse, escapar o de “hacerse el distraído de la realidad”, se volviese un automatón, una máquina repetitiva porque sólo se dedicaría a caminar por los senderos del “deber ser”, de las obligaciones y de esos temores aparecidos –miedo a que los demás lo rechacen, lo “destierren” si se expusiera tal cual o como es, si tomara las calles- por no cumplir con las exigencias del otro; a posteriori dichas exigencias se interiorizan y se potencian en el sujeto tapado con la consecuencia de ir perdiendo día a día su propia identidad, su “legalidad subjetiva”, situación que puede provocarle –si llegara a estancarse en esa localidad pantanosa por mucho tiempo- un aplastamiento subjetivo.
Mientras un sujeto se envuelva con esa especie de ataúd, de “sobretodo de madera”, se irá objetalizando, quedará cosificado, mimetizado con ese armario, y en un traspaso constante de mixturas que se simbiotizan, ese mueble se irá humanizando porque irá formando parte de esa persona, convirtiéndose en su cascarón.
En el caso de la persona gay o lesbiana que fabrica un clóset, lo hace porque se siente acechada por las miradas que no avalan su modo de vivir su sexualidad y los chismes diseminados se vuelven amenazantes en los oídos de dicha persona.
Lo siniestro, lo ominoso para Freud
Recuerdo haber leído –en los ´90, cuando era estudiante de la carrera de Psicología- Unheimlich (Freud, 1919), que se tradujo como “Lo siniestro, lo ominoso”, pero el año pasado asistí a una clase especial en un posgrado que realicé y mientras escuchaba a la colega oradora, todo el tiempo me invitaba a pensar en el clóset, ropero, placard, ya que en ese texto el padre del psicoanálisis refiere que se produce, en la situación que describe en dichas páginas (invito a los lectores a que busquen y hojeen ese artículo, caso contrario y si reprodujera aquí el mismo, este sería mucho más extenso y tal vez menos entendible), al mismo tiempo la vivencia de sentimientos aparentemente contrarios: lo familiar/hogareño/conocido/entrañable combinado con lo angustioso e intolerable por lo oculto, lo secreto, lo no develado que sale a la luz, como en ese proceso del coming out.
Lo siniestro, lo ominoso, aparece así como aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a “lo familiar”, pero que deviene en “no familiar”, aquello que es familiar y desconocido a la vez. Además, se da la falta de un límite preciso entre los objetos animados e inanimados, y hay un sentido de atemporalidad y de sorpresa, de extrañeza a la vez. Se trata de algo propio que al mismo tiempo es ajeno, lo que me remite al concepto de extimidad, porque hay algo que es interno y externo simultáneamente, como la banda de moebius.
También me interesó lo de la doble función que describe Freud: que no se vea y que sirva de pantalla, y lo conecto con la vivencia de cuando los gays y las lesbianas son tapados o intentan construir mascaradas para que los demás “no sepan” sobre su orientación sexual.

En cuanto a lo siniestro y el armario, lo oculto remitiría a la calavera que yace en el clóset, pero que todos la tienen, de tal manera, lo siniestro se produciría por el encuentro con eso que no debió salir a la luz subjetivamente y es algo instantáneo.
Cuando para cualquier sujeto se vuelve real el encuentro con la sexualidad, ¿hay algo allí que se vivifica como siniestro? Me parece más del orden del velo, en el sentido del arte, el velo que cubre la calavera social que todos ocultamos, el velo como semblante, como máscara.
Tal vez para el Otro social, el hecho de que alguien salga del placard, se lo viva como un momento de despersonalización que puede ser sentido como siniestro, como un doble que no se reconoce.
El acto de decir soy lo que soy
¿De qué está hablando una persona cuando exclama “soy gay”?
El coming out of the closet, el proceso de abrir el placard e ir saliendo del mismo, es un acto que va poniendo de manifiesto lo implícito, lo oculto, el silencio, el disimule.
A dicho proceso lo tomo como un acto ético porque el que despliega la enunciación se transforma en un sujeto que se responsabiliza por lo que ya no calla; hay un antes y un después de esas palabras expresadas, una manifestación visagra donde la posición subjetiva ya no será la misma. Es como cruzar el Rubicón, que le significó al César un cambio en su/la historia.
Los minutos previos a la emisión de las primeras palabras suelen ser los más difíciles de transcurrir para la persona que seguidamente va a decir, por ejemplo: “pa, ma, tengo que hablar con ustedes, necesito decirles algo”.
Ese algo –que no es poco- que se pronuncia en general trae aparejado costes psíquicos y físicos, porque cuando por ejemplo los padres no aprueban la homosexualidad de su hijo/a, este/a último/a en primer lugar sufre un descenso en su autoestima.
Por otra parte, tal circunstancia le aporta a la lesbiana o al gay una capacidad de resiliencia, de volver del salto, de hacerse más fuerte en el reponerse, recuperarse ante la adversidad.
El sujeto que necesita decir que es gay lo hace porque asume una identidad, identidad también sostenida por lo grupal, por un colectivo específico que siente y se expresa de una manera similar –aunque con diferencias-, compartiendo códigos y vivencias comunes. Es un ser que se construye también vía discursiva, en un contexto socializador.
Lo que hay que destacar es que decirlo siempre debe partir de una decisión personal y no de una obligación o presión externa. Todo sujeto es propietario de su vida (en general) y de ejercer y hablar con libertad, si así lo desea, sobre su sexualidad (en particular).
¿El regreso del “muerto vivo”?
Si la entrada en el placard y la permanencia en el mismo nos lleva a la frase “todos tenemos un muerto en el ropero”, el coming out of the closet sería homologable a cuando ese muerto revive o ya no se lo esconde más. ¿Cómo? Vamos por partes, cajón por cajón, estante por estante, percha por percha…
Al placard, como he dicho, en un primer momento se lo siente como un lugar con confort, no obstante al mismo tiempo ese ascensor atascado hace que se vaya pudriendo “eso sin vida” que está en su interior, mudo, inamovible, pero que produce efectos.
Al muerto, al asesinado se lo guarda en el clóset o se lo entierra, muchas veces, en el fondo de la casa, pero si pensamos que lo específico de una lesbiana o de un gay en una etapa de su vida es guardar, ocultar o tratar de aniquilar sus propias pulsiones (por “el qué dirán”), su condición afectivo-sexual, podemos decir que estos sujetos lo hacían porque se los consideraba criminales, como seres abominables a ejecutar. Históricamente se tildó –y aún en varios países de este planeta se sigue tomando- a los actos homosexuales como crímenes, y se los ha ordenado en la categoría de psicopatológicos, perversos desde la ciencia, la disciplina, el derecho, la religión.
Entonces, se destina las cuestiones sexuales a lo más íntimo de lo privado, y la intimidad en una casa generalmente yace en la habitación, por lo que lo más íntimo se guarda, se lo protege más que a otras cosas en el ropero. ¿No son acaso los ladrones los que van directo a ese lugar, porque el mismo es una suerte de refugio, escondite para otros objetos de valor, como el dinero y las joyas?
Por lo tanto, según cada singularidad y las particularidades de la represión de cada quien, habrá diferentes construcciones de armarios: habitan encastrados, grandes, chicos, con varias puertas, con una sola, de diferentes estilos como modernos, antiguos o coloridos, pero también existe una mano de obra común hasta para preparar las salidas de aquellos: la designada por la comunidad en general y el colectivo LGBT en particular, porque asumir una sexualidad disidente, distinta a la heteronormativa, es de alguna manera aceptar que se está o se pasó por un enclosetamiento, ya que no se puede salir de un lugar de donde previamente uno no entró.
Las voces que animan a otras gargantas
Cuando alguien habla, en simultáneo habilita a otro a que lo haga. Ese acto genera más actos, más sujetos se animan a hablar porque la palabra cobra vida: el muerto revive.
Eso me dirige a la cita bíblica “Lázaro, levántate y anda”, ya que hablar es andar-diciendo, sólo que Lázaro no se autonominó en ese acto, contrariamente, el que da la "orden" de ponerse de pie y caminar –de que pueda expresarlo- al gay o a la lesbiana es él/ella mismo/a y ningún Jesús ni voz externa, sino la interna, la propia, el alma de cada quien, su propia determinación.
La salida del clóset es como autodeclararse inocente o al menos no culpable por ser gay, en tanto que lo que parecía muriéndose dentro del sujeto renace y mejora, se transforma porque en un paso previo hubo un giro tremendo en la cosmovisión interna del sujeto, que había internalizado la homofobia. Con esto quiero significar que anteriormente a su salida pública, el sujeto se autoacepta en soledad.
Porque a ese sujeto ya se le hizo insoportable portar un falso self, yo falso izado a medida que su placard iba paseando por los umbrales del nudo borromeo propuesto por Lacan: se pasa del ropero como instancia imaginaria y simbólica para convertirse en algo real, connotado desde lo material, material que hasta puede fragmentarse, sin perder sus otros dos registros.
En algún punto, los que quisieron y pudieron salir del clóset lo hicieron porque han roto el cerrojo de la naturalización del ahogo y en tal sentido las lesbianas y los gays que caminaron, hablaron, se asumieron al fin, pudieron hacer algo distinto a lo que los otros quisieron predestinarlos –incluso cuando los demás quieren que uno calle y vuelva al armario-, y lograron instalar algo del orden de un cambio.
Además, sin desearlo o habiéndolo querido han actuado políticamente, porque es toda una actitud y una cuestión política generar un cambio en uno y en los otros, animar, vitalizar a muertos ajenos también, despertar conciencias. Se convida al semejante a esquivar la condena y simultáneamente también se lo declara inocente antes de que haya un esqueleto.
Es por tal cuestión que el muerto no se terminó de duelar, porque no se trata de algo mórbido real, tal vez nunca llegó a agonizar, a estar en coma porque tomó otro camino y sorpresivamente pudo mejorar notablemente e inyectar, contagiar de salud y de vida a las partes oscuras y reprimidas de los cuerpos, las mentes y los seres vecinos.
Todas las aberturas, los pasos para la salida del placard ayudaron a dar otros pasos. Las salidas de los clósets de los gays y las lesbianas han provocado, entre muchos logros, que nuestra nación junto con otros sesenta y cinco países en diciembre de 2008 en el Organismo de las Naciones Unidas (ONU) votara a favor de un texto que llama a despenalizar la homosexualidad en nuestro planeta.
Incluso las salidas de los clósets hacen que los demás salgan de otros clósets que no tengan que ver –o sí- con la sexualidad. Quizás, y por otro lado, estimado lector, la previa salida del clóset de un ser cercano a ti, sobre algún tema o cuestión personal, te ha permitido hacer tu propio camino de visibilidad…
Porque aunque Benedicto XVI se empeñe en lo contrario, hay algo del orden de la inevitabilidad: los cambios sociales son inevitables, es inevitable que no se den, que no muten las realidades en un mundo pleno de configuraciones inevitablemente diversas y visibles.

Los padres en su placard


Por: lic. Alejandro Viedma

¿Qué les sucede a los padres luego de que, ante ellos, su hija se asume lesbiana o su hijo gay? ¿Cuáles son las reacciones más frecuentes en esa transición, en ese pasaje desde esa “confesión” al oído y registro de los padres? ¿La entrada, permanencia y salida del clóset adquieren la misma modalidad en los hijos que en los padres? ¿Qué diferencias y semejanzas presentan tales procesos para dichas personas? Estos son algunos de los interrogantes –con intentos singulares de respuestas- que me he planteado tratar de recorrer en esta columna.

Vale aclarar que mis reflexiones son resultado de mi experiencia como profesional de la salud mental. Mi función siempre apunta al caso por caso (por eso los psicoanalistas no nos llevamos del todo bien con las estadísticas), a cada sujeto, a cada familia, no obstante, este seguimiento también rescata generalizaciones de cuestiones comunes, afines volcadas en los discursos de las personas y en las situaciones a describirse.

Abro mi ropero y te lo traspaso a vos, ¿para que lo cierres y te encierres en él?

Lo que deben atravesar lesbianas y gays cuando se asumen públicamente, después se reproduce, se repite en sus padres. Es por ello que también se dice que el coming out of the closet es un proceso continuo y no de una vez y para siempre.

Tengo la idea de que cuando un/a hijo/a está saliendo del placard, su madre y/o su padre está(n) entrando a otro.

Como metáfora de esta situación, me viene la imagen de cuando se viaja en tren o en subte y se arriba a la terminal del medio de transporte utilizado: como si los hijos fueran esas personas que están tratando de evacuar el vagón y se les dificulta porque hay muchas personas que están intentando entrar a ese espacio, como si esas personas fuesen sus padres. Se desatan empujones, una suerte de fuerzas que chocan, fuerzas encontradas que hacen engorroso a un espectador tercero ver quién se va, quién ingresa, qué sucede en ese momento, en esa escena que contiene pasos hacia adelante, hacia atrás, hacia los costados.

Los clósets en estos casos se traspasan de hijos a padres, como si se diera una herencia a la inversa, una “herencia de abajo hacia arriba”.

Se manifiestan claras situaciones especulares, se suscita una multiplicación de espejos. Cuando alguien se asume gay o lesbiana ante otro es porque ya ha transitado por un lugar conocido por años y no tiene en cuenta lo arduo que fue primero aceptarse a él/ella mismo/a, por lo cual pretende que sus padres lo/la acepten enseguida y sin condicionamientos y si no lo hacen, el/la hijo/a se enoja por la decepción sufrida, se desesperanza o se desespera por no poder cultivar una paciencia que permita esperar una respuesta positiva de sus padres.

Muy por el contrario, lo que la realidad exhibe es que cada uno, cada sujeto tiene su proceso, su tiempo para transcurrir esa noticia nueva, esa ficha del juego o el espacio familiar que mueve todas las demás piezas, como en el juego de ajedrez. Tales circunstancias más bien me hacen pensar en des-tiempos entre estas personas que vivencian distintos procesos.

Además, no es lo mismo que los padres se anoticien de la sexualidad de su hijo por medio directo de este último que pone palabra a que la descubran “sin intención”, por ejemplo, a través de una carta cuyo destinatario era ese hijo y el remitente “un extraño”, o, en tiempos de posmodernidad, habiendo leído una charla por el msn, un sms o un mail privado del hijo con contenido amoroso que provenía de alguien de su mismo sexo. Tal vez, del lado del hijo, “haberse olvidado” abierto o a la vista de sus padres ese material, signifique inconscientemente mandarles el mensaje: “entérense, no se los puedo decir abiertamente, léanlo, eso hasta me agilizará las cosas”.

Eso lleva a una crisis y a un momento transicional y fundante para reacomodarse, situación que no se sabe previamente cuánto tiempo tomará, cuánto costará, justamente porque cada proceso es singular y cada sujeto tendrá su tiempo lógico y también cronológico –pues el tiempo es una variable real que nos atraviesa a todos los seres humanos, variable que no puede ser excluida; no es lo mismo que se tarde en aceptar esa verdad algunos meses o veinte años o nunca se logre incorporarla- para la elaboración de esa realidad nueva.

La culpa suele instalarse en ambos lugares (en el de los padres y en el del/a hijo/a). Las crisis suelen provocar ansiedad y stress.

¿Qué les genera a los padres esta “nueva” realidad?

¿Cómo se da ese pasaje del clóset al lugar de los padres? ¿Cuáles son los puntos de encuentros y desencuentros que hallamos en esas (de) construcciones de placares?

Carga-descarga-alivio es la tríada (anteriormente transcurrida en la hija lesbiana o el hijo gay) de elementos presentes en este proceso que se repite y potencia en los padres. Primero aumenta el peso por la mentira y el ocultamiento, luego llega el sinceramiento –que a veces es considerado como sincericidio- y por último y como consecuencia de lo antedicho, la sensación de alivianarse porque uno ya no porta esa mochila llena o “esa pelota que tenía adentro”.

Sabemos que cuantas más altas sean las expectativas depositadas en el otro, cuando ese otro no las cumple, algo cae y aparece la frustración, se produce la herida narcisística. Esto va más allá de “lo gay”. Pero el que proyecta algo propio en un otro es responsable de ese hecho. En este caso, las aspiraciones y sueños vertidos por los padres en su hijo viajan hasta este último y no se clarifica que son cosas que traspasan los primeros –y muchas veces no son deseos del hijo- a este último, lo que hace culpabilizar al hijo si no las despliega.

Eso sí: se tendrá que elaborar el duelo, duelo como proceso normal que será necesario atravesar. Duelar, del lado de los padres, que su hijo/a ya no es más, al decir de Freud, “su majestad”, donde se encomiendan todas sus metas e ideales. Duelo –que se expresa como enojo por la desilusión sufrida- a discurrir, del lado del hijo, porque se baja del pedestal a ese padre que era visto como alguien protector, sostenedor, que lo apoyaría en cualquier situación, aunque sea la más adversa para todos.

El secreto actual de los padres, otrora del hijo, re-moldea, hace cambiar la (no) relación familiar. Hay una mutación de protagonistas, en el guión, de los escenarios.

Los padres experimentarán la sensación de extrañamiento, de tener que conocer a alguien que se volvió desconocido o a quien nunca llegaron a acercarse. Pierden de vista que ese/a hijo/a es esencialmente el/la mismo/a que los ama y necesita y a quien aman y necesitan; simplemente lo distinto a partir de allí es que todo será y se desarrollará más en el orden de lo verdadero.

Parecería como si cayera todo lo bueno que tiene ese hijo y se subraya sólo lo “maligno”. Por un momento ese hijo deja de ser el que siempre fue, según el caso (estudiante, laburante, buena persona, hermano de, amigo de, etc.); esos rasgos y esas potencialidades parecieran esfumarse porque allí lo que prevalece exclusivamente es la sexualidad del hijo. ¡El pibe se volvió sexuado y encima esa sexuación no es la esperada por sus padres!

Así como para cualquier hijo es intolerable imaginar la escena en la cual sus padres tienen relaciones sexuales, tampoco estos soportan eso de sus hijos, y si a ello se le suma que su hijo se acuesta con alguien de su mismo sexo, les provoca horror.

En la visión de muchos padres la homosexualidad es algo que no incluye el amor, cuestión que respiran e incorporan de lo sociocultural, ya que casi no existen, al menos públicamente, modelos positivos de parejas gay que perduren en lo amorosamente temporal.

“¡No me mires ni me hables ni me toques!”

Se dificulta mirar a los ojos, se esquivan las palabras, las cercanías, se toma distancia. Impera la tensión en la mudez posterior al enterarse, ya que se instala un cambio total en la cosmovisión de los padres y se encuentran como perdidos, sin mapa ni brújula. Aumenta la tirantez en estas (no) interacciones familiares ya que muchas veces se envían metamensajes o el diálogo se corta.

Respecto a los meta mensajes, los más comunes pueden ser: “a tu papá no le gusta que ese chico se quede a dormir” (desde una madre a su hijo gay); o: “a tus hermanos les avergüenza lo que hacés, ¡qué van a decir sus amigos del barrio!” (desde el padre a su hijo gay o a su hija lesbiana); o: “dicen mamá y papá que bajes la voz cuando hables con tu amiga por teléfono o te vayas a hablar al fondo” (aquí el emisor puede ser un/a hermano/a de una chica lesbiana). Quizás los metamensajes siempre circularon dentro de esa familia, ya que las cosas nunca se dijeron directa o abiertamente, no ha existido diálogo alrededor de tema alguno y en una situación como la descrita se agudiza esta modalidad de comunicación ruidosa. No obstante, tal vez pueda constituirse una oportunidad para empezar a cambiar dicho modo, aunque en un principio no se lo ejerza de la mejor manera; por ejemplo, un paciente (que llamaré “Pedro”) me ha relatado que cuando él le ha dicho a su madre que era gay, la señora le contestó: “no hacía falta que me lo refregaras en la cara, hubiese preferido que no me lo dijeras nunca”.

Emerge el enojo. Malestar que se expresa con el silencio que hiela o, como decía recién, con palabras hirientes. ¿“Castigo propinado” por sentirse castigados por creer que ese hijo “no los hará abuelos”? (sobre todo desde los padres que aún no fueron abuelos por medio de otro/a hijo/a); ¿castigo que se ejerce activamente porque sienten que ese hijo los dejó afuera del disfrute de su abuelazgo, de otro rol más relajado, de ser doblemente padres, de otra etapa de sus vidas? Beneficio que ellos creen perder en ese momento y “el que se los quitó” es su propio hijo.

Se desvanecen ilusiones, certezas, paradigmas, mundos enteros y hay una imposibilidad para simultáneamente levantar otros cimientos o para poner algo positivo en esos huecos o elementos derrumbados.

El miedo es producto de lo que se desconoce y por eso resulta más funcional y cómodo no cuestionar o mover las bases que se construyeron a lo largo de la vida. A los padres les provoca pavor o una falta de respeto “discutir” o contradecir a los que les enseñaron, a los que los educaron para que compusieran un determinado imaginario. ¿Es por este motivo que les molesta y lastima que sus “alumnos” –llámense hijos- los cuestionen a ellos, los desobedezcan?

Entonces, hay una especie de mixtura de sentimientos y pensamientos que se instalan del lado de los padres: disgusto, vergüenza, fracaso en su función (que da origen a la pregunta culpógena “¿en qué nos equivocamos?”), elementos que se mezclan por no haber estado preparados para recibir tal noticia y por ende no saber cómo enfrentarla y enfocar lo que vendrá, circunstancia que los lleva a querer que ese hijo “cambie”, hecho demostrado en la cantidad de padres que exigen a su hijo que vaya al psicólogo o hable con algún cura.

En un momento posterior, en general y en ciertas situaciones hace el sujeto asumido gay o lesbiana –consciente o inconscientemente y por un tiempo nunca definido- las veces de sus padres: se convierte en papá de sus padres en el sentido de brindarles información (revistas, folletos, películas de temática gay), tratando de respetar y entender sus procesos, “aconsejándolos”, acompañándolos, conteniéndolos, preguntándoles en qué los puede ayudar, a quiénes les contaron o contarán, etc.

Así como una persona antes de salir del ropero piensa en lo peor que le pueda suceder por hablar (que sus padres lo echen de su casa, por ejemplo), también a los padres se les aloja el miedo a cómo lo tomarán sus amigos, sus parientes más cercanos, sus compañeros de trabajo, etc. Se sienten como bichos raros por considerarse “los únicos que tienen un hijo así, ¿por qué nos tuvo que tocar a nosotros?”. Por eso se refugian en una comodidad que más tarde incomoda, asfixia, lo que lleva a que dejen de “esconder lo del hijo” y empiecen a relajarse con este tema. Pero, decía, en el albor del enterarse les cuesta mucho pronunciar y luego compartir con alguien “mi hijo es gay”.

Cuando se me consulta por esta cuestión, como terapeuta sugiero ir de menor a mayor: empezar por contarle a los familiares y amigos más cercanos y a los cuales uno crea sabrán entenderlo con el fin de hacer alianzas y no sentirse tan solos. Suele ayudar que previamente se testee el campo mediante interrogaciones al otro sobre este asunto en general.

Otros pasos para combatir esos malestares pueden ser: buscar material, acudir a algún profesional idóneo en el tema o contactarse con otros padres que transitaron por una situación similar. Todos estos son posibles senderos que facilitarán el acercamiento a su hijo.

Luego de un plazo, muchos padres –y sus hijos- se asombran porque al final no todo fue catastrófico, porque hasta tuvieron compensaciones por haber atravesado toda esta fase. A veces algunos padres llegan a tomar a la pareja de su hijo como un yerno más o como un hijo más (pero eso es un cuasi ideal a alcanzar con el tiempo, que en la mayoría de los casos no se da porque cuesta superar la decepción, el dolor, las peleas).

Lo que logran los padres después de todo esto es aceptarse mejor a ellos mismos, se restablece su autoestima, como consecuencia de primero haber aceptado tal como es a su hija lesbiana o a su hijo gay y eso sutura las grietas provocadas por las culpas.

Cuestiones de género; ojos que ven, ¿corazón que disiente?

Razones culturales harán que el padre (varón) que tiene un hijo (varón) gay se sienta cuestionado en su masculinidad, justamente porque ante la mirada de los demás (sobre todo de otros varones) se creerá expuesto por “no haber podido transmitir dicha masculinidad” a su hijo. Todavía circula cierto prejuicio en la sociedad que liga la homosexualidad masculina a la falta de hombría.

En el caso de una hija lesbiana es común que los padres tomen a la pareja de aquella como “su mejor amiga” a pesar de que lleven años de relación, las hayan visitado en la casa que comparten y hayan (no) visto que en la habitación de ambas yace una cama de dos plazas y no existe otro sommier o colchón ubicado en otro sector de ese hogar. El lecho conyugal es percibido pero no tomado como tal, es decir, es desmentido, negado. Hay algo del orden del “no quiero ver, no quiero saber, aunque lo sepa”. Si bien en un momento anterior esa situación les pudo a las chicas haber resultado funcional ya que no hubo obstáculos en la habilitación de su convivencia por parte de sus progenitores, en un tiempo posterior se les vuelve en contra, ya que esa pseudoaceptación es aún más peligrosa porque conlleva la invisibilización del vínculo lésbico amoroso, invisiblización de la relación entre dos mujeres, invisibilización de sus sexualidades.

¿Visibilidad (no) óptima?

Creo que un extremo de la visibilidad de los padres de una lesbiana o un gay lo constituiría cuando los primeros forman parte de alguna asociación que milita por los derechos de sus hijos; parecería que la vida de esos padres cobrara un sentido nuevo, se embanderan en una causa que antes no había tenido lugar en ellos.

Un ejemplo del otro extremo de la (in) visibilidad puede consistir en el camuflaje que le infligen a ese hijo; un caso podría ser cuando los padres (pudientes) lo mandan al exterior a “estudiar por un tiempo” o cortan toda posible futura manifestación del hijo que tenga que ver con su homosexualidad diciéndole: “no se lo digas a nadie, sería mejor que te muestres con una chica” o “acá no se habla más del tema, que ni se te ocurra traer a alguien, respetá este techo”.

Por otra parte, me gustaría hacer un paralelismo entre la expresión, acción de la visibilidad y el clima metereológico, que impacta en los demás climas (emocional, corporal, vincular): cuando se habla de visibilidad óptima podemos transferirlo quizás a la más diáfana visibilidad de cualquier gay o lesbiana en su familia en el momento que ya salió del clóset y cuando ya pasó la tormenta, se esfumaron las nubes, cuando ya no hay niebla. Se despeja el cielo al igual que las dudas, los miedos, la incertidumbre que provocaban en los padres –y en otros/as- esa sospecha de que su hijo “tenía algo, pero no lográbamos saber exactamente qué”.

A modo de concluir: salida múltiple de los muebles

Considero que el coming out of the closet de una persona dentro de su familia es una oportunidad para propiciar lo que circula y se intercambia en el interior de esa célula: los montos de afecto, que se potencian en sus corrientes tiernas (que tienen que ver con la comprensión, la contención, la aceptación) y agresivas (que aparecen como rechazo, expulsión, violencia).

Es además una chance para los padres de cuestionar sus “valores inamovibles” (lo que al principio no figuraba en sus planes), por ejemplo, los esparcidos por su religión, ¿es acaso “natural” que los padres excluyan de su familia a su hijo por tener una orientación sexual que no es la misma que la de ellos? ¿No inculca la iglesia católica “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”? ¿No enseña dicha institución a “amar al prójimo como a ti mismo”?

También para los padres, cuando empiezan a leer todo lo que buscan y encuentran acerca de esta temática, es una forma de acercarse a nuevos horizontes (¡con pluralidades de arcoíris!), ya que “no sabíamos nada de esto”.

Es, tanto para ese hijo como para esos padres, un método para tramitar, vía palabra, el conflicto, ya que cuanto más se verbalice “soy lesbiana” o “mi hija es lesbiana”, más se ejercitará externa e internamente para asumir la verdad, diciéndola y escuchándola-escuchándose.

Si pensamos que el clóset de los padres es armado con palabras del/a hijo/a, puedo aventurar que se trata de un CLÓSET SOCIAL, un placard doblemente vincular, familiar; es como un (in) mueble, un bien de familia porque es parte de ese grupo en particular, pero en el caso de los padres, no deben dejar de tener en cuenta que se trata de una sexualidad ajena, la de su hija/o.

Lo que no pueden vislumbrar esos padres en el primer momento de exposición de su hijo es algo positivo: que hubo algo del orden de la construcción en el camino para que ese hijo se autorice a utilizar su palabra –más allá de que para el hijo ya resultó insoportable continuar con su secreto- hasta en la explosión. Incluso puede resultar del lado del hijo un acto de amor sano, una forma de cuidado y respeto por esos padres, por no querer que los mismos “se enterasen de lo de él por terceros”.

La sinceridad del hijo (o del padre que sale del ropero) rompe con el “como si” estuviera todo bien en el núcleo familiar mientras no se blanquee la homosexualidad.

Se empieza a dejar de fingir y se corta con las preguntas auto mentirosas: ¿no te gusta esa chica? (hacia un hijo gay), o: ¿cuándo te vas a casar, tener hijos, formar tu familia?, como si una pareja del mismo sexo no constituyera por sí sola, por sí misma una familia. Los padres comienzan a perder la idea o ilusión que esto “ya se le pasará” al hijo que “tiene una confusión”, o a dejar de echarle la culpa “a ese degenerado que le metió cosas raras en la cabeza”.

En un momento ya esclarecido y digerido, los comentarios –de los padres- antigay, homófobos, discriminatorios pierden dimensión real porque otrora el atacado era “el vecino puto de la esquina”, ahora transformado en su propio hijo.

La revelación de una sexualidad disidente es algo distinto a la confesión, que implica la culpa de lo que se está haciendo mal, algo de la instancia superyoica que sanciona, o de lo religioso que exige que se nombre el pecado para que el pecador se haga cargo y pueda cambiar, dejar de hacer eso “sucio”.

A mí me seduce más el verbo revelar, porque se descubre un velo. Como el revelado de las fotos: algo que permaneció en un cuarto oscuro (clóset) sale a la luz. ¡Y hay tantas fotos lindas! ¿Por qué siempre lo revelado tiene que ser tomado tan negativamente? ¿Para qué romper o tirar los negativos? ¿Por qué no nos abrimos a observar y no nos dejamos deleitar por la diversidad de paisajes, personas, rostros, expuestos en esas improntas gráficas que congelan un minuto o un lazo?

Un pensamiento para finalizar: creo que lo más importante del coming out es que puede ser una maravillosa oportunidad para re-conocer (se) y para aceptar (se) a ese familiar (y a uno mismo, llámese padre o hijo) desde la autenticidad, el respeto, la madurez, el cariño, la ética (y no la moral).

Con el pasar del tiempo, comprender y aceptar al otro y a sí mismo se constituirán como ACTOS saludables, ¡ACTOS DE AMOR!
Fotos de la marcha del orgullo LGBT, BS AS, 2008: