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La segunda salida del placard: ser gay y vivir con VIH

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Ser gay y querer contarlo, la primera salida del clóset. Tener VIH y querer contarlo, la segunda salida. ¿Cómo se viven ambos momentos? ¿Qué similitudes tienen? ¿Cuándo es el mejor momento para hablar de cuestiones tan íntimas? Alejandro Viedma comparte con los lectores de Boquitas pintadas algunos apuntes sobre su experiencia en el consultorio con varones gays que viven con VIH en un intento por responder a estas preguntas.
La segunda salida del placard
La importancia de profesionales y consultorios inclusivos
En mi clínica analítica con adultos vengo notando, de parte de varones gays que viven con VIH, la necesidad de atenderse con psicólogos y médicos “amigables” para abordar estos temas.
Según mi punto de vista no es justificable, hoy en día, que profesionales de la salud trabajen en sus consultorios con prejuicios por falta de información actualizada o que reproduzcan conceptos preestablecidos que están cimentados por una ideología moralista y hegemónica, o por otras causas que llevan a juzgar, criticar o direccionar el deseo del paciente, precisamente lo más singular que posee. En ese accionar, el profesional, se estaría comportando de una manera poco ética, más allá de que esté en juego o no el tema del VIH-SIDA.
Yo tomo el camino de contener a ese sujeto que consulta, alojar los interrogantes que se hace y así co-pensarlos, ver cómo está dicha persona, cómo vive, qué siente, cómo se maneja con los cuidados en sus prácticas sexuales y, en todo caso, revisar por qué se conduce de tal forma, más allá de con quién y cuántas veces mantenga relaciones sexuales; todas cuestiones a desplegar si la infección del VIH se hubiera producido por la vía sexual.
En los últimos tiempos y conforme mi experiencia, los pacientes buscan un profesional que les brinde serenidad; así como la persona infectada espera de un psicólogo que pueda contener la “intranquilidad” que suele generar tener un diagnóstico positivo, alguien que pueda escuchar el llanto, el enojo, los temores, las incertidumbres de saber que uno vive con el virus y a partir de allí ayudar a esa persona a que pueda construir alternativas saludables, de un infectólogo precisan recibir algo como: “Si te comprometes con este tratamiento vas a estar mejor, mantené la calma y seguí las indicaciones que te doy”. Y, por supuesto, también están atentos a que el psicólogo esté sensibilizado en el tema, que sea idóneo, es decir, que el saber profesional esté acompañado de la empatía necesaria para crear un clima de confianza, porque ya bastante violencia vienen recibiendo de lo social. Por tales motivos, desde la primera entrevista, los consultantes que arriban con un padecimiento subjetivo de gran magnitud (sobre todo si recientemente tuvieron un diagnóstico positivo), no dejan de tantear qué cara pone el analista, si cambia su lenguaje corporal, si es otro ser más que los va a discriminar, si “se queda mudo” o qué dice cuando por fin pueden manifestar eso que les cuesta mucho abrir en sus otros círculos sociales, principalmente en el laboral y en el afectivo, donde la mirada de los más cercanos, familiares y amigos, es la que consideran más preponderante.
Resumiendo este apartado, la actitud del terapeuta con un paciente que vive con VIH o SIDA es fundamental al momento de abordar qué es lo que provoca la infección del VIH en las personas. Saber que vivir con VIH se entiende, del lado del profesional, como una característica más de alguien, baja los niveles de ansiedad y estrés, y ese es el primer paso para que una persona seropositiva pueda abrirse, con menos dificultades, al resto de su gente.
¿Cuándo es el mejor momento para contárselo?
Viñeta de un ex paciente a quien llamaré Camilo, de 30 años
“No sé cuándo es el momento indicado para contarlo, esa situación para mí nunca es cómoda, aunque ahora es menos dura que antes… siempre me conectaba al momento que me dieron el diagnóstico positivo, me actualizaba aquel día y me producía dolor, me angustiaba”.
Aquí entran a jugarse diversas cosas a nivel psíquico. Cuando una persona se entera que vive con VIH suelen emerger cuestiones relacionadas con la enfermedad, el deterioro, la muerte, ya que crece el grado de vulnerabilidad al mismo tiempo que baja la autoestima. Parte del dolor y de la angustia que expresa Camilo en su testimonio tal vez tenga que ver con su pregunta, pero a ese interrogante le precede o subyace además otra pregunta: “¿Se lo tengo que decir?”. En este punto, muchos sujetos que viven con VIH diferencian si se encontrarán con un otro “sólo para sexo” y, en esa circunstancia no consideran que haya que decirlo, o si sienten que aquel compañero sexual podría devenir en un novio o una pareja, como apuntaba “Camilo”.
Por otro lado, están presentes las expectativas por las respuestas del partenaire. En aquella sesión de terapia, Camilo continuó: “El miedo a que te rechacen siempre está… (Se toma unos segundos para repensarlo). Ahora no sé si es temor, pero no deja de ser desagradable si lo toman mal, hay un malestar. Yo siempre me cuidé con preservativo, pero más de una vez, cuando creí que la cosa podía avanzar con alguien para algo más que sexo y pude hablarlo, me contestaron: “¿Por qué no me lo dijiste antes?”. Y qué sé yo cuándo es ese “antes”… ¿Antes de vernos?, ¿cuando empezamos a chatear?, ¿cuando nos vimos por cam?, ¿cuando nos conocimos personalmente?, ¿a la tercera salida? Si no sabés qué va a pasar… O supuestamente lo tomaron bien, y a la semana se borraron”.
Me gustaría sumar, a lo que antecede, algunas preguntas propias: ¿por qué aparece la necesidad de contar que uno vive con VIH o SIDA?, ¿qué sucedería si no surgiese esa necesidad? En definitiva, lo más importante ¿no es implementar las medidas de auto cuidado?
Lo grupal para empoderarse
En 12 años de coordinar grupos de encuentro y reflexión para varones gays predominantemente mayores de 35 años en la Asociación Civil Puerta Abierta, sólo excepcionalmente algunos contaron que son seropositivos. Sí lo hicieron en un espacio más privado, como lo es el consultorio de su analista o con amigos muy cercanos.
Sostengo, por lo precedente, que esta cuestión se trata de una segunda salida del clóset, y para muchos es más complicada que haberse asumido gay y habérselo comunicado a sus allegados. El concepto de doble salida del placard es algo que también utilizan las mujeres lesbianas por el hecho de ser mujeres. Pero creo que en el caso del VIH opera también el sentimiento de culpa, de sentir constantemente que es algo “evitable”. No es la misma clase de culpa o vergüenza, por llamarlo de alguna manera, que cuando hablamos de sexualidades distintas a lo heterosexual. Aquí hacemos referencia a una enfermedad crónica que en el 80 por ciento de los casos -dato publicado por la Fundación Huésped o por el Ministerio de Salud- se transmite por relaciones sexuales sin protección. En el caso de las identidades “disidentes”, se ha desterrado el concepto de elección, mientras que hablar sobre el VIH exige otras fortalezas, involucrarse con la situación, hacer la adherencia al tratamiento, la medicación, pero también luchar para recuperar la propia autoestima.
Pero los miedos empiezan a achicarse cuando se puede hablar de lo que a uno lo aterra, toda carga es menos pesada si se comparte lo que uno silencia. En tal sentido, otro tanto sucede en la otra orilla, del lado de los que conocen a alguien que vive con VIH… Ejemplo de ello es cuando determinadas dudas pueden ser verbalizadas: “Si nos cuidamos al momento de la penetración pero no cuando tenemos sexo oral, ¿puedo contagiarme?”, preguntaba otro expaciente seropositivo.
Para finalizar, puedo concluir que los grupos de pertenencia donde puedes hablar con otros que comparten tu situación son una herramienta interesante porque también ayudan a desdramatizar y fortalecerte para mejorar tu relación con el resto de las personas.
Sumá tu Me Gusta en la Fan Page: https://www.facebook.com/Alejandro-Viedma-Psi-197298870290333/ Muchas gracias!!

El próximo miércoles 9 de marzo a las 20 se inicia la treceava temporada del grupo de reflexión de varones gays en Puerta Abierta, en el barrio porteño de San Cristóbal. Para ingresar al grupo el lic. Viedma toma una entrevista previa, que podés concertar comunicándote al tel. 15-6165-4485 alejandroviedmapsi@hotmail.com.ar

“Buenos Aires me ayudó a asumirme gay”

Publicado el por  para Boquitas pintadas



Esta es la historia de Tomás, un lector de Boquitas pintadas que tiene 21 años y cuenta su llegada a Buenos Aires desde una provincia muy conservadora y cómo esa mudanza en plena adolescencia le permitió salir del clóset. Su relato permite reflexionar sobre muchísimos temas: los costos de no poder asumir la orientación sexual, las ventajas de la gran ciudad, los propios prejuicios dilemáticos, la lucha de poderes entre “lo que está bien” y “lo que está mal”, la bisagra que significó la ley de matrimonio igualitario, la importancia de no estar solo al momento de auto-aceptarse gay, entre otros.
 
Comparto lo que narra Tomás, que en su relato menciona a este blog como un puente que le permitió conocer la ONG Puerta Abierta, a la que se integró como uno de los participantes del grupo de reflexión para varones gays. Allí encontró la contención que necesitaba para empezar a vivir plenamente su homosexualidad.
 
“La sexualidad es el lugar desde donde uno se para en la vida”
 
Por Tomás
 
Llegué a Buenos Aires en plena adolescencia, solo y con mi mochila cargada de miedos, confusiones y no saberes. Vine desde una ciudad del interior del país, donde en el círculo donde yo me movía, la homosexualidad era un completo tabú.
 
A esta ciudad gigante a la cual llegaba, no lograba entenderla. Su frenetismo me apabullaba: gente corriendo para todas partes, personas durmiendo en la vía pública, edificios de más de veinte pisos, ruidos de autos y bocinas por doquier, chicas caminando de la mano en Plaza Francia… Era como desde mi casa me la habían pintado: “En Buenos Aires están todos locos”.
 
Pero especialmente me intimidaba terriblemente la libertad con la que la gente manifestaba su sexualidad, sentía que eso me dificultaba cada vez más poder guardar mi gran secreto: me gustaban los hombres.
 

Al año siguiente de llegar a Buenos Aires, viví nada más ni nada menos que el debate por el matrimonio igualitario. Escuchando este debate pude identificar claramente en las personas que se oponían a la ley, a la sociedad conservadora y homofóbica de la cual provengo, y del otro lado, una voz que me decía que el ser homosexual no era algo por lo que tuviera que avergonzarme o pedir perdón. Estaba muy confundido. Los argumentos de ambas partes los sentía válidos.
 
No podía más. Vivía estresado, y lo empezaba a notar en mi cuerpo, sí, somatizaba bastante: se me caía el pelo, me bajaban las defensas, me enfermaba continuamente (los dolores de garganta y mareos eran cada vez más constantes), adelgazaba…
 
Tenía que tomar una determinación, tenía que hacer algo por mí. Ese algo fue tomando forma, y de a poco pero con cada vez más fuerza me fui convenciendo de que lo que tenía que hacer era aceptar lo que sentía, tenía que aceptarme.
 
En esa búsqueda de contención, cada tanto leía el blog Boquitas Pintadas del diario La Nación, donde me enteré de una organización llamada “Puerta Abierta”, y de un grupo de reflexión para varones gay. La idea la descarté desde el primer momento. “Un grupo de reflexión para varones gay”. En mi imaginario repleto de miedos, prejuicios y desconfianzas, lo que esperaba de un grupo donde había mucha “gente gay” era que hicieran cosas “desviadas”, pensaba que iba a encontrarme con un grupo de “encuentros sexuales”, un sauna o algo similar. Cabe recordar que para mí, en esta ciudad, “todos estaban locos”.
 
Un día, harto de escucharme a mí mismo y mis auto-discursos, saqué fuerzas de alguna parte y me animé a llamar al Lic. Alejandro Viedma, el coordinador del grupo de reflexión, para pedirle una entrevista. Fui a su consultorio, muerto de miedo, y finalmente descubrí que no era un grupo de encuentros sexuales y decidí quedarme.
 
El duelo de no ser lo que querían los demás
 
Hoy puedo decir que tuve y tengo mucha suerte. Yo no realicé mi camino de salida del clóset solo, por más soledad que este camino implique, sino que lo hice sostenido por grandes personas que me ayudaron a transitarlo, tal vez sin que siquiera ellas supieran lo que significaban para mí, pero que sin las cuales dudo lo hubiera podido lograr.
 
Desde el primer día que llegué a este espacio grupal comencé un duelo: el de no ser lo que siempre quise ser (o lo que los demás querían que fuera), y comenzar a ser lo que realmente soy. La diferencia estuvo cuando empecé a notar que me sentía bien siendo lo que soy, y ahí fue cuando tomé consciencia: estaba empezando a salir del placard.
 
Hoy tengo 21 años y siento que mi proceso continúa. Estoy orgulloso de los logros que pude alcanzar, como blanquear mi sexualidad con personas muy importantes en mi vida, como lo son familiares muy cercanos y amigos.
 
Pienso que salir del ropero, es muy importante. Sólo podemos hacernos cargo de lo que es nuestro, no de lo que le suceda a los demás con lo que somos. La sexualidad es el lugar desde donde uno se para en la vida, desde donde miramos el mundo, no es solamente el acto sexual, sino mucho más que eso. Uno elige un/a compañero/a para compartir su vida -cualquiera que haya vivido el estar enamorado, daría testimonio de que es uno de los estados más maravillosos que existen- por lo cual, no es intrascendente contar que uno es gay, que está de novio con otro varón.
 
En lo personal, a mí me sirvió mucho escuchar personas como las que conocí en el grupo de Puerta Abierta, para mí, fue sinónimo de crecer. A todas y cada una de estas personas, las admiro profundamente, ya que intentan a través del diálogo y la reflexión, crecer como personas; y cada uno desde el lugar que ocupa, trata de mostrarle a quienes tiene a su alrededor y no comprenden o temen lo que es diferente a ellos, que lo diverso no es tóxico; camino que yo creo, es el único para alcanzar una mejor y más justa sociedad. Por esto mismo, pienso que lo importante, es no encerrarse.
 
Lo único que tengo hoy son palabras de agradecimiento para el moderador, Alejandro, y todas esas personas del grupo de los miércoles, que me enseñaron que “uno sólo puede amar y ser amado realmente desde el sentirse y mostrarse tal cual es, y no desde un personaje o de algo montado dependiendo de la ocasión. Por consiguiente, los personajes en su lugar: para las novelas, las ficciones, las tablas, pues preferible es no ser galardonado como `mejor actor´”, como alguna vez escribió Viedma.
 
“No soy diverso por ser gay, sino por ser humano”
 
Para finalizar, quisiera compartir lo que considero uno de los aprendizajes más importantes que he tenido en este corto trayecto de veintiún años que lleva mi vida y es, justamente, el aceptar la diversidad. Entender que todos somos diferentes. Parece simple, pero para mí no lo es. En este tiempo, logré comprender que no soy diverso por ser gay, soy diverso por ser un ser humano, ya que todos somos diferentes los unos de los otros, por lo que somos y por lo que “elegimos”. Somos diferentes por gustarnos más el fútbol que el básquet, por ser hinchas de Boca o de River, por gustarnos el rock o el blues, por ser negros o blancos, por ser hetero u homosexuales, por ser católicos o judíos, etcétera, etcétera.
 
El hecho de que se consideren minorías diversas a las de una determinada raza, religión, orientación sexual o identidad de género, a las cuales hay que “tolerar”, es un grave error, porque a fin de cuentas, la diversidad es mucho más que una minoría: es la esencia del ser humano. He logrado ver que discriminar jamás puede conducir a algo positivo, y si yo alguna vez discrimino, es porque no aprendí nada de todo lo que me tocó vivir. Ningún ser humano debería discriminar a otro por ser “diferente”, pero los que alguna vez nos sentimos discriminados, debemos prestar especial atención en no hacerlo, pues nosotros sabemos más que nadie lo que se siente estando del otro lado. Me atrevo a aventurar que para las próximas generaciones, comprender esto no será tan difícil, porque ya hay y habrá más información, lo que hará que, al deconstruirse los preconceptos, la gente pierda el miedo.
 
Tomás

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Link permanente: http://blogs.lanacion.com.ar/boquitas-pintadas/discriminacion-y-homofobia/buenos-aires-me-ayudo-a-asumirme-gay/

“Los velos que disimularon mi placer homosexual”

Publicado el 19.03.12 en Boquitas Pintadas, blog creado por Verónica Dema para lanacion.com

Ya sin aquellos velos de la infancia y la adolescencia, Leo se anima a escribir a Boquitas pintadas para contar su historia. Dice que desde que nació en él su deseo homosexual intentó siempre poner esos velos para disimular un placer que intuía pecaminoso.

Ahora, a partir de la aceptación plena de su identidad sexual se permitió escribir lo que comparte con nosotros. En este proceso, aclara, tuvo mucho que ver la ayuda que recibió del grupo de reflexión de varones gays que coordina el Lic. Alejandro Viedma en la ONG Puerta Abierta.

Sobre velos y desvelos, según pasa el tiempo
por Leo

Primer velo. Con mi amigo teníamos 12 años cuando todavía no sabíamos qué hacer con nuestra sexualidad. Ya no era suficiente andar en bicicleta o jugar a la pelota. Las hormonas nos empezaron a golpear con mucha fuerza, eran disparadoras de grandes fantasías. Empezamos a hablar de ellas, de tocarse, de tocarnos: “¡Uy, mirá cómo se me para!”, exclamábamos. Un día se nos ocurrió entrar a una obra en construcción del barrio. Estábamos ansiosos, con curiosidad, observando; ya teníamos todos los rincones registrados. No había nadie. Yo tenía ganas de tocarme o de tocarlo. No sabía qué hacer con mi calentura. Me ponía torpe e impulsivo. Fue un instante, nos bajamos la bragueta y nos empezamos a masturbar, mientras hablábamos de quién la tenía más grande. Varias veces fuimos a esa pecadora obra y era recurrente decir entre nosotros: “Podemos probar esto”, “podríamos probar lo otro”. Hasta que mi amiguito se animó a decir: “Podríamos abrazarnos”. Estábamos desnudos. Había una bolsita tirada. “A ver, esperá”, dijo. Ese plástico impedía que se toquen nuestros pitos, mientras nos abrazábamos desnudos. Era un velo que disimulaba el placer homosexual. Creo que hubiese sido peligroso ser consciente de que nos gustaba el otro en aquel momento. En realidad, yo ya era consciente, pero para mi amigo creo que hubiese sido más fuerte. El hoy está casado y con hijos.

Segundo velo. En la secundaria, otro amigo (el más fachero de la escuela) y yo nos hicimos muy amigos. Yo quería muchas cosas más, por supuesto. Empecé a ir a su casa y a quedarme a dormir. Un ambiente muy familiar, la madre me re quería. En su habitación había una sola cama, así que dormimos juntos. La madre decía que teníamos que dormir cruzados, tratando así de evitar que pudiera pasar algo, pensaba yo; él con la cabeza de un lado y yo del otro, sus piernas cerca de mis manos y de mi pecho. Nunca dejé de acariciar sus piernas, aunque siempre aparecía la madre y me daba temor como para avanzar más. Otro día estuvimos en su pieza tomando Gancia. Yo no paraba de tomar y sentía que era el momento indicado para decirle que me gustaban los hombres. Se lo dije y fue un balde de agua fría para él. Todo quedó ahí, la amistad continuó y seguí varias veces durmiendo con él bajo la mirada panóptica, vigilante de su madre, que funcionaba como velo, controlando nuestros cuerpos cruzados.

Ya sin velo. Más grande, a los 16 años, empecé a trabajar en un sauna de mujeres. Ese ambiente me ayudó mucho a poder hablar sobre mis dudas, ya no sobre mi orientación sexual, sino sobre el sexo, los placeres y sus cuidados. Con las chicas y compañeros aprendí mucho. Apareció mi primer compañero sexual, un santiagueño casado. En esos tiempos muchas veces dormíamos ahí en las baqueteadas habitaciones. Una noche ya acostado, escuché que abrían la puerta: era el santiagueño, se acostó en mi cama y empezaron los roces y así continuamos hasta terminar. Fue inesperado para mí, estaba re contento de mi estreno. El próximo fue en el salón cuando estaba cerrado. No me animaba a desnudarme del todo ahí. La vez anterior estaban las sábanas, en el salón ya no había nada que nos cubriera.

Hoy pienso que yo era raro: pensaba que no se tenía que ver mi sexo, algún velo tendría que haber como esa bolsita que nos cubría con mi amigo en la infancia. Luego ese velo se cayó, fue aceptado mi lado viril y plumífero. Ese fue el primer paso para habilitarme y aceptarme. También supe después que muchos otros velos tienen que caer en cada encuentro.

Leo

¿Cuáles son tus velos?

Link: http://blogs.lanacion.com.ar/boquitas-pintadas/discriminacion-y-homofobia/los-velos-que-disimularon-mi-placer-homosexual/