En este envío presento un extracto de un texto elegido por Mariano U. -uno de los concurrentes a los grupos de reflexión para varones gay que coordino-, como disparador de debates, y las preguntas y cuestiones que empezamos a compartir en las reuniones. Cada subtema propone mucha tela para cortar, ¿no lo creen así los lectores? ¿Se animan a participar comentando el post o respondiendo a las interpelaciones que figuran luego del relato?:
Un día, aprovechando que no había ido a la escuela por un leve resfrío, saqué varios volúmenes de reproducciones artísticas, que mi padre había traído de recuerdo de sus viajes al exterior, y los llevé a mi cuarto, donde los hojeé con atención. Me encantaron sobre todo los fotograbados de esculturas griegas que aparecían en las guías de diversos museos italianos. Cuando se trataba de representar desnudos, entre las innúmeras reproducciones de obras maestras eran estas láminas, en blanco y negro, las que mejor se adaptaban a mis fantasías. Probablemente se debiera al simple hecho de que, aún en reproducciones, la escultura se acerca más a la vida.
Era la primera vez que miraba aquellos libros. El tacaño de mi padre, aborreciendo que las manos de un niño tocaran y mancharan las ilustraciones y temiendo además -¡cuán equivocadamente!- que pudiera sentirme atraído por las mujeres desnudas de las obras maestras, había ocultado los libros en los profundos recovecos de un armario. Y por mi parte hasta aquel día nunca había imaginado que pudiesen ser más interesantes que las ilustraciones de una revista de aventuras.
Empecé a dar vuelta una hoja cerca del final del volumen. De pronto apareció en un rincón de la página siguiente una imagen que debía haber estado allí esperándome, para mi bien.
Era una reproducción del “San Sebastián” de Guido Reni…
…Un joven notablemente apuesto estaba atado desnudo al tronco de un árbol… lo único que cubría la desnudez del joven era un trozo de tela blanca ordinaria que le colgaba flojamente de las caderas.
El cuerpo del muchacho –hasta podría comparárselo con Antinóo, el favorito de Adriano, cuya belleza ha sido inmortalizada con tanta frecuencia por la escultura- no muestra ninguna de las huellas de sufrimientos misionarios o de decrepitud que se descubren en las imágenes de otros santos; en cambio, sólo se advierte la primavera de la juventud, sólo luz y belleza y placer.
Su desnudez blanca e incomparable resplandece contra un fondo crepuscular. Los brazos vigorosos, brazos de un guardia pretoriano acostumbrado a tensar el arco y a manejar la espada…
…No es el sufrimiento lo que le ronda el pecho forzado, el abdomen tenso, las caderas levemente contorsionadas, sino un temblor de placer melancólico como música.
Pero todas estas interpretaciones y observaciones aparecieron más tarde.
Aquel día, en cuanto posé los ojos en la imagen, todo mi ser se estremeció con un goce pagano. Se me aceleró la sangre; se me inflamaron los órganos sexuales como si estuvieran furiosos. La parte monstruosa de mí mismo que estaba a punto de estallar esperaba que yo la utilizara con un ardor sin precedentes, insultándome por mi ignorancia, jadeando indignada. Las manos, de modo completamente inconsciente, empezaron un movimiento que nunca habían aprendido. Sentí algo secreto, radiante que saltaba con pies ligeros al ataque desde mi interior. De repente irrumpió, trayendo consigo una embriaguez enceguecedora…
Pasó cierto tiempo, y luego, con penosos sentimientos, paseé la mirada sobre el escritorio que estaba ante mí. Un arce proyectaba desde la ventana un reflejo brillante sobre todo: el tintero, los libros y notas escolares, el diccionario, la imagen de san Sebastián. Había una cantidad de salpicaduras blancas y turbias: sobre el título estampado en oro de un libro de texto, sobre el tintero, sobre una punta del diccionario. Algunos objetos goteaban perezosa, pesadamente, y otros brillaban opacos como los ojos de un pescado. Por fortuna, un movimiento reflejo de la mano para proteger la ilustración había impedido que el libro se ensuciara.
Fue mi primera eyaculación. Fue también el principio, torpe y completamente impremeditado, de mi “mala costumbre”.
Fue mi primera eyaculación. Fue también el principio, torpe y completamente impremeditado, de mi “mala costumbre”.
(Es una coincidencia interesante que Hirschfeld ubique las “imágenes de san Sebastián” en primera línea entre las obras de arte que más deleitan a los homosexuales…). Yukio Mishima, Confesiones de una máscara, 1948.
Puntos para pensar:
El primer motivo de excitación para tu primera eyaculación. ¿Cómo recordás tu primera masturbación? Primera huella. ¿Dónde fue? ¿Sorpresa, susto, placer, secreto solitario y/o culpa? ¿Qué fantasías la acompañaron?
Lo sensual. El erotismo. El deseo, que ¿lo espera y encuentra a uno, y no al revés?
¿Qué quiebres hubo en tu vida? ¿Cuál es el hito que ubicás como un antes y después, ese cambio que hizo que tu vida torne de dirección?
¿Qué objeto “te abrió el cráneo”, te ayudó a que te asumieras gay? O imagen (x ej., la de San Sebastián), o situación disparadora que te atrajo al mismo sexo…
Lo vedado por los padres. ¿Qué te proscribieron? ¿Hubo alguna zona (u objeto) de tu casa vedada por tu padre/madre?
¿Qué profecías autocumplidas funcionaron, esos mandatos que te transmitieron y les hiciste caso?
Relación entre la pérdida de la inocencia, la religión y el armario.
El padre del gay, y no la trillada imagen de la madre. ¿Cuál es su papel en el homosexual?
El cuerpo. Las zonas y los aspectos sobrevalorados del colectivo gay.
¿Qué significados adquieren las máscaras en los gays? ¿Y las confesiones?
¿Qué significados adquieren las máscaras en los gays? ¿Y las confesiones?


