Mostrando entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas

#LESRARES: se viene el libro basado en relatos de Boquitas pintadas

Publicado por Verónica Dema en el blog de LN Boquitas pintadas el 9/10/18.

Este post es especial. Después de varios meses sin publicar en el espacio que supimos sostener desde fines de 2010 quería anunciarles que se viene #LESRARES, relatos de diversidad sexual, un libro basado en historias de Boquitas pintadas. 

Quienes participan directamente en el libro ya conocen del proyecto, pero este posteo es un modo de difundirlo a toda la comunidad de este querido blog. Porque todos quienes estuvieron de alguna manera, ya sea contando sus historias, comentando en la de otros o simplemente leyendo, son parte de este mundo que creamos y que se volvió un espacio de intercambio y reflexión entre amigos. 
Los que siguieron el blog saben que Alejandro Viedma fue una de las personas que colaboró desde el comienzo en este desafío y hoy es uno de los grandes amigos personales que me llevo con esta experiencia de periodismo colectiva.
Y fue con él con quien pensamos este libro, como un modo de cerrar una etapa en Boquitas. Editar este libro con algunas de las historias compartidas en el blog es una forma de dejar testimonio impreso de la huella de Boquitas en muchas vidas, incluso en la mía. También fue un modo de repensar lo vivido en estos ocho años, desde dónde partimos, los logros de la sociedad en materia de inclusión y derechos y lo que aun falta por conquistar.

En estos años aprendí que todos somos diversos, raros y normales al mismo tiempo y que esa es la riqueza del ser humano. ¿Quién es 100% masculino o femenino? ¿Qué es ser normal? ¿Para qué sirven las etiquetas? Algunas de estas preguntas están planteadas en este libro que está ordenado en cinco grandes temas: bullying homo y transfóbico, matrimonio igualitario, familias diversas, vidas trans y salidas del clóset. Para desarrollar estos temas hemos convocado a importantes activistas LGBT, tales como Diana Sacayán, Lohana Berkins, Gustavo Pecoraro, Alejandro Iglesias, Vida Morant, Karen Bennett, entre otres.
La presencia de la letra “e” en el título del libro va en la dirección inclusiva que tuvo el blog desde un comienzo y es un modo de interpelar desde el lenguaje en un intento por reivindicar un espacio que incluya a todEs sin reproducir desigualdades. Por eso, #LESRARES, para exponer nuestra disidencia a lo impuesto por los dogmas, y para hacerlo con un lenguaje digital, porque en ese mundo nació este contenido, que ahora se dispone a resistir en estas páginas impresas.
Agradecemos a Milena caserola, una editorial con contenido de género que posibilitó que este sueño colectivo se concrete, y a María Rachid, que escribió el prólogo.
Quiero agradecer especialmente a LA NACION por el espacio que le brindó al blog y, en particular, a los colegas Carolina Arenes, que me dio la idea de empezar un espacio de diversidad sexual, y a Gastón Roitberg, que me apoyó para desarrollarlo con libertad y que ahora celebra, también, la salida de este libro. Hoy se avanzó mucho en materia de diversidades sexuales, el tema está instalado en la sociedad, pero en ese momento fue una propuesta disruptiva en un medio masivo.
¡Gracias y están todes invitades!
VISITEN EL EVENTO EN FACEBOOK. Entrada libre y gratuita.

Exitosa proyección de filme con la presencia de Alejandro Viedma

El pasado 26 de junio en el CIPSBA casi cincuenta personas participaron de Domingos de Superfricción en donde se propuso intercambiar opiniones y sentires entre las/os concurrentes a la actividad. A pesar de la tarde lluviosa y de frío, la gente se acercó hasta el centro de Buenos Aires para compartir una jornada de cine-debate en torno a la película española Cachorro. El debate posterior a la proyección fue coordinado por el lic. Alejandro Viedma y entre los presentes en la sala colmada se encontraban María Rachid (presidenta de la Federación Argentina LGBT), varios militantes de la diversidad sexual y algunos de sus familiares, pareja o amigos.

Alejandro Viedma agradeció por la invitación y ponderó la iniciativa. Luego se dirigió a la platea: “antes de compartir algunas ideas que entran dentro del universo multi diverso de temas que propone este film y respecto de éste, ¿qué sintieron?, ¿qué les generó esta película?”. Después recorrió algunos ítems que extrajo de Cachorro y los relacionó con ciertos aspectos de su experiencia profesional:

- En principio, fue Silvia Bleichmar quien retomó la noción de cachorro, continuando con la idea freudiana de desamparo/indefensión estructural (a partir del alumbramiento) en lo humano. En “paradojas de la sexualidad masculina” (Paidós, 2006), Bleichmar habla de la prematuración de la cría humana y aclara: “…en la infancia lo traumático… es la desprotección a la cual el niño puede quedar librado”.

- Por otro lado, recuerdo que en la materia Antropología del CBC de Psicología y leyendo a Levi-Strauss, me encontré con el concepto de “Avunculado (del latín avunculus, tío materno), que es una costumbre que aparece en sociedades donde el hermano de la madre ocupa un lugar de privilegio en el sistema de parentesco o en la crianza de los hijos” (fuente: Wikipedia). El hermano de la madre es la persona que ejerce el tipo de autoridad masculina que en otros sistemas recae sobre el padre, pues es el ascendiente varón más cercano del hijo.

- Además, en las historias de vida de pacientes que aún no son padres y en los integrantes de los grupos de reflexión para varones gay que coordino, suelo escuchar el lugar significativo que le adjudican a sus sobrinos.

- Si continuamos etiquetando a las familias homoparentales, tipos de familias con la sexualidad de ambos padres o madres encabezando la nomenclatura, ¿se trataría, entre este tío y su sobrino, de la construcción de una familia homo-monoparental? ¿De una familia “homoavuncular”?

- No tenemos que dejar afuera a las familias que no entran dentro de las convencionales en la diversidad sexual, es decir, por ejemplo en la lucha actual por la modificación de la ley de matrimonio en pos de la igualdad –a la cual todos los presentes adherimos-, se habla de las parejas del mismo sexo y tal vez no subrayamos el hecho real de que también existen otros tipos de configuraciones familiares (distintas a las compuestas por el encabezamiento de dos padres o dos madres) que tampoco encajan en ese esquema (homoparental), como las personas que crían solas a niñxs. Entonces, ¿cómo estarán protegidas legalmente las familias que quedarán por fuera de la ley matrimonial y todo lo que ella implica?

- En Cachorro se muestra una muy buena dinámica entre tío y sobrino, lo cual es lo más relevante dentro de un núcleo familiar, más allá de su estructura. No hay que olvidar que las funciones paterna y materna no se sueldan a un sexo biológico, género o elección de objeto determinados, es decir, no porque un papá sea anatómicamente un varón (y encima heterosexual) de por sí ya cumpliría la función paterna. En Cachorro el tío gay (fuera del clóset) de Bernardo encarna esa función sin ser él padre biológico. También puede cubrir la función materna, por ejemplo, una mujer trans, una travesti o una abuela, siempre desde el amor y los límites.

- Desde esta perspectiva, en mi práctica clínica puedo escuchar en varios de mis pacientes el dato de que sus padres (“mamá y papá” heterosexuales) no cumplieron su función materna o paterna (más bien hicieron estragos en sus hijos), como en otros casos sí lo hicieron.

- Cuando oímos a gente que opina “todo niño necesita de un padre y de una madre”, le tendremos que retrucar: un niño necesita amor, y en su vida -por los lugares que transite- encontrará modelos identificatorios varios, donde el rol femenino puede estar cubierto por una maestra, la niñera (la canguro y/o la madre de esta, en el caso de Bernardo), sus compañeras de colegio, y donde el rol masculino lo portarán y donarán otros docentes, compañeros, vecinos, primos, etc.

- Otro punto importante: en algunas escenas del film (interacción grupo de osos-Pedro) se refleja la importancia del grupo de amigos o de pertenencia de una persona gay (o lesbiana), grupo que muchas veces actúa como red sustituta de una familia. Un amigo le aconseja a Pedro: “llama a un abogado”; otro habla con una amiga docente para que Bernardo vaya al colegio en donde enseña aquella; amigos que se ponen a disposición, ayudan y contienen.

- En cuanto a Bernardo, es un niño que habla, que dice cosas fundamentales y sólo su tío (no así los grandes Otros, como por ejemplo los que encarnan lo jurídico y lo institucional) lo escucha en su deseo de elección de convivir con él y no con su abuela paterna. Los otros adultos que rodean a Bernardo no tienen en cuenta los momentos traumáticos que sufrió el niño, niño que queda desprotegido por su madre y posteriormente es arrancado de su tío, quien se había hecho responsable del chico.

- Si de derechos se trata “el eje debe estar puesto en el niño” (frase muy utilizada en estos días), deberíamos tener más en cuenta al menor en la singularidad de su deseo, volcado vía su línea corporal (porque el soma habitualmente expresa malestares a través de síntomas), vincular y discursiva. En este sentido el psicoanálisis también está atravesando un tiempo donde se encuentra revisando algunas de sus posiciones frente a la diversidad sexual y la(s) familia(s).

            

Cine-debate el sábado 26 de junio, film Cachorro

Domingos de Superfricción presenta "Cachorro".
La actividad está patrocinada por el portal de noticias AGMagazine y por el CIPSBA.

Además, contaremos con la presencia del licenciado Alejandro Viedma para debatir sobre familias homoparentales.



La entrada es libre y gratuita. 


¿Cómo es tener dos mamás o dos papás?

Por Melina Arceiz, Leandro Maccarone y Victoria Franco, estudiantes de tercer año de la carrera de Periodismo en ETER. 26/10/2009

FAMILIAS DIVERSAS EN EL SIGLO XXI

Mientras se empieza a discutir si parejas del mismo sexo pueden adoptar hijos, como se aprobó recientemente en Uruguay, en la Argentina se forman cada vez más "familias homoparentales", con padres del mismo género. Nota completa en: http://www.eter.com.ar/notap50.html

Rosario, de 22 años, se enteró hace diez de que su padre Alejandro iba a separarse de su madre. Acaso lo más fuerte no era esa decisión sino el motivo que lo llevó a tomarla: estaba enamorado de Luis, con quien actualmente comparte el mismo hogar. La experiencia de Rosario seguramente no fue fácil. Pero ahora, no duda en afirmar que tener dos padres del mismo sexo le resulta "indiferente": "Todos, seamos como seamos, con nuestras diferencias, tenemos derecho a ser felices y si tener un hijo ayuda a serlo, que así sea", dice.

Claudia no tiene dos papás del mismo sexo. En su caso, comparte la crianza de su hijo Iván (12) con Fernanda, su pareja. Ella tuvo a su nene con un hombre que no reconoció la paternidad. Un hombre al que, según dice ahora, ella de algún modo "usó" para concretar el proyecto que planeaba con su pareja mujer de aquel entonces. Ese origen, cuenta Claudia, no afecta al niño: "Lo toma con naturalidad, simplemente no se cría con padres heterosexuales", explica.

Estos dos casos, junto a muchos otros, conforman un cada vez más numeroso grupo de personas que se anima a formar familias muy alejadas de la idea tipo de padre, madre e hijos. Si en los 80 la vuelta de tuerca la daban los divorciados que unían a hijos propios y ajenos bajo un mismo techo, hoy son las parejas homosexuales las que empiezan a crear grupos familiares "distintos" o novedosos. Y mientras aguardan un respaldo legal que se demora, sus hijos crecen en el seno de "familias homoparentales". Tanto que la sociedad empieza a permitirse, al menos, hacerse la pregunta: "¿Es posible que un hijo sea criado por dos varones o dos mujeres?".

Lo que a algunos horroriza, a otros empieza a resultarles viable. En Uruguay, por caso, acaban de legalizar la adopción por parte de parejas homosexuales. En la Argentina, una persona puede adoptar a un hijo en forma individual. Y en teoría no se le suele consultar sobre su identidad sexual. Pero el psicólogo Alejandro Viedma, que arma grupos de reflexión para homosexuales, advierte que "siempre aparecen muchos obstáculos ligados a la homosexualidad, sumados a jueces homofóbicos cuya ideología incide en su dictamen". Uno de los temores que suele aparecer en torno a la idea de una familia con padres del mismo sexo, es cómo afectará a los hijos crecer sin las figuras de un padre y una madre. Y si esto influirá "perniciosamente" en su sexualidad y otras elecciones futuras. Desde algunos ámbitos del psicoanálisis, tienden a descartarlo. La idea central es que más allá del sexo biológico de los que crían, los roles de madre y padre se irán diferenciando de hecho. "Las funciones se construyen, no tienen que ver con un dato biológico -afirma Viedma-. No es súper necesario que haya un padre o una madre. Y, además, todos los estudios que se han hecho muestran que no hay diferencia significativa entre hijos de padres homosexuales y heterosexuales, en cuanto a lo emocional o la inteligencia".

Rosario, que vive desde hace años en lo de su padre, puede ratificarlo desde su propia experiencia. Cuenta que en la adolescencia, a partir de la pareja homosexual de su papá, tuvo ciertas dudas sobre su propia sexualidad. "Pero enseguida tuve claro que me gustaban los chicos. No fue tan complicado", resume. Y explica ciertas diferencias en su relación con uno y otro: "Con Luis me llevo re-bien, papá dice que es mejor la relación que tengo con su pareja que con él y creo que es verdad porque hablamos de cosas que con mi viejo no. Mi papá tiende a minimizar los problemas, Luis me ofrece soluciones. Me da consejos, y me ayuda a sobrellevar cualquier conflicto", agrega la joven, que aunque mantiene contacto con su mamá, tiene con ella una "relación difícil".

Desde el otro lado, su papá recuerda cómo fue dar la noticia de su homosexualidad: "Al principio resultó bastante duro, porque yo pensé que ella estaba preparada para enterarse y no fue así. Cuando le conté, no hubo ninguna reacción visible de enojo, no lloró, no me gritó, ni me trató mal. Simplemente se fue encerrando y explotando en otras cosas tontas, que a la larga fueron produciendo un distanciamiento más espiritual que físico", cuenta.

Las amigas y el novio de Rosario tienen una relación amable con su papá y Luis. Y la gente suele aceptar la homosexualidad de su padre. Pero Rosario admite que cuando conoce a alguien, se toma un tiempo antes de contarle que vive con su padre y el novio. Y en algunos casos, nunca llega a revelarlo. El miedo al rechazo tiene mucho que ver con esa precaución. La discriminación es, en efecto, una cuestión siempre presente en torno a las familias homoparentales.

Claudia asegura que a Iván nunca lo discriminaron por tener dos mamás, sino más bien por otras cuestiones. "Iván es retraído y callado, pero muy querido por todos sus compañeros. Es incapaz de mandar al frente a algún chico", grafica emocionada. Cuenta que su pareja, Fernanda, tiene una presencia muy fuerte en el ámbito escolar, aunque allí no blanquean abiertamente que viven juntas porque, según dice, saben que en algunas escuelas "cuando los padres de los nenes se enteraron de que un compañero tenía padres homosexuales lo rechazaron y no lo invitaron más a sus casas". Iván, claro, estudia en un colegio laico, donde más allá de la situación familiar del nene, a su madre nunca le preguntaron por su condición sexual.

Para los especialistas, la discriminación a familias homoparentales, o a los homosexuales en general, no tiene mayores diferencias que las demás. Alicia Neer, integrante de Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), lo explica: "Los hijos de padres homosexuales podrían ser discriminados, es cierto. Pero la discriminación está presente en toda la sociedad. Y depende más del ámbito que de la condición de la persona. Les pasa a los negros entre los blancos, a los judíos entre cristianos y otras religiones, a los pobres en el medio de los ricos, y también a los ricos en el medio de los pobres".

Aceptados o no, estos nuevos grupos familiares empiezan a convivir con la sociedad de forma cada vez menos velada. Con el tiempo, acaso, las familias homoparentales logren lo que ya lograron las de padres separados: que a nadie se le ocurra cuestionarlas.


Familias homoparentales, familias diversas

Por ALEJANDRO VIEDMA, publicado por Periódico Queer, octubre de 2009.

En los primeros años de vida de una persona es imprescindible: la salud, la educación, el aseo, la vivienda, la alimentación y un adulto responsable, es decir, que responda a sus obligaciones asumidas, acompañando a la construcción de la personalidad y la subjetividad de ese/a niño/a, ya que la indefensión humana existirá hasta que haya un Otro que venga a su encuentro, un Otro comprometido e implicado en su función de sostén.

Más allá de la orientación sexual o identidad de género de los padres, en el plano parental siempre se deberá apuntar a la protección del niño/a, a la contención que se le brinde, respetando la asimetría respecto a la edad de ese/a niño/a y de los adultos.

La función de sostén se irá construyendo, no está desde el principio. Las funciones materna y paterna se edifican más allá del sustrato biológico. El deseo de hacerse cargo de un/a niño/a surgirá mientras el adulto ofrezca parte de su narcisismo en pos de un otro, ponga montos de su libido en otro lugar, condición excluyente para poder formar parte de o fundar cualquier grupo humano, como una familia. Sólo de tal manera esos padres triunfarán, saldrán adelante aún con los obstáculos que se les presenten en lo cotidiano, desde el amor, condimento curativo, de salvataje, elemento fundamental que debe emerger e intercambiarse en una familia.

La familia no es un hecho prefijado, sino que está rearmándose constantemente en movimientos de encuentros, desencuentros e intercambios (de afectos, sexo, cuidados y otros elementos que hacen a su unión), intercambios y movimientos posibilitados por una base de estabilidad, como la instauración de la prohibición del incesto, o de mensajes que marquen ley, orden, límites, y en su interior se establecen distintos roles, posiciones, funciones que no poseen carácter de fijeza.

Modificando lo discursivo
El debate acerca de las familias no tradicionales merece tener lugar porque es abarcador de muchísimas cuestiones que atraviesan este campo. Para ello es fundamental que volvamos a apuntar a la noción de diversidad en general y en particular remarcar la diversidad en las subjetividades, en las sexualidades, en las familias, hasta en lo homoparental. Creo que es importante referirse a las "familias diversas", o a “la familia” a secas, y dejar de nominarlas desde la etiqueta de homoparentales, "nuevas", etc. (aunque al principio dichas nominaciones sirvieron y todavía están provocando la visibilidad de estos grupos), ya que si hablamos de diversidad, no precisamos rotular.

Ya es tiempo de dejar de considerar a estas familias como "diferentes", pues si entran en el universo de la diversidad, ¿diferente a qué? ¿A quién/quiénes? Además, si estamos atravesando la época de la caída de los modelos, no debiéramos proponer una situación, sujeto o grupo diferente a algo como ideal, jerarquizado. De lo contrario se seguirá pensando en torno a un modelo a reproducir y lo que se aparte de éste será algo descarrilado, adverso, diferente a ese modelo y no se tendrá en cuenta que somos diferentes pero entre sí, entre todos y todas nosotros, los seres humanos.

Marco legal y sociocultural
Lo distintivo para estas familias argentinas es la falta de un marco legal, lo cual las sitúa como ciudadanos de segunda, sello externo, y no algo intrínseco per se a dichas familias. No es algo inocente por parte de la sociedad que se las rotule de esa forma, una cosa es que se las tilde de diferentes y por eso se las des-enmarque legalmente, sólo visibilizando a estas “otras” familias para apartarlas, como la contra cara de la “normalidad”, y otra sería tomarlas como una entidad más en un grupo amplio, lo que equivaldría a no discriminarlas, a ampliar estos microcosmos para que socio/legal/culturalmente se fundan en el cosmos de la totalidad de las incontables familias.

En el 2009 en la Argentina el matrimonio entre personas del mismo sexo aún no está legalizado, lo cual implica que una pareja de lesbianas o de gays no pueda adoptar, y con este panorama no se tiene en cuenta que desde el campo jurídico se debe tutelar a las personas, sobre todo a los menores.

Las organizaciones familiares emergentes desafían, al visibilizarse y luchar por los mismos derechos para todas y todos, a la heteronormatividad ordenadora e impuesta, con vínculos endogámicos. Al haber una falta de ajuste con las realidades del presente, se brega por la deconstrucción de un modelo familiar único y obligatorio.

Un párrafo aparte merece la noticia que recibimos el mes pasado de nuestros vecinos uruguayos: el Senado aprobó la ley de adopciones que contempla que las parejas homosexuales unidas civilmente puedan adoptar, así Uruguay se convirtió en el primer país latinoamericano en aprobar una ley que iguala las condiciones para la adopción.

El terapeuta ante estas demandas diversas
Las configuraciones familiares diversas, estos lazos que se construyen en grupos conformados por dos mamás, dos papás, madres transgénero, madre o padre soltera/o lesbiana o gay, etc., nos hacen a los analistas reformular ciertas teorías y conceptos provenientes del psicoanálisis.

Lo principal para que un niño se desarrolle de manera sana es que reciba amor y estabilidad; ser madre o padre implica tener la capacidad de brindar afecto y educación. Por otro lado, tener una orientación sexual hetero no es una condición sine qua non para ser una buena madre o un buen padre, puesto que el funcionamiento saludable de las familias dependerá de las dinámicas que se establezcan en sus interiores y no de las estructuras de las mismas.

Lo que el terapeuta debería interrogar es qué lleva a cada sujeto –padre o futuro padre- al deseo de un hijo y cómo será alojado este último. El sexo biológico y la directa asociación a ciertas conductas de género no tendrían que ser parámetros para mensurar cuán buena es una persona como madre o padre, y sí su idoneidad por ejemplo para la adopción, lo cual conlleva capacidades y estilos adecuados, como la comunicación y las normas.

Siguiendo los lineamientos de Freud y Lacan, considero que los analistas no debemos retroceder ante la subjetividad de nuestra época y quien no trate de entenderla tendría que pensar en dedicarse a otra cosa, debería renunciar a atender a estas demandas si su rigidez está signada por un ideal de familia a alcanzar. Las familias diversas nos brindan a los profesionales de la salud mental mucho material, nos presentan desafíos. Lo contrario a abandonar antes de empezar es trabajar como lo hacemos en Puerta Abierta a la diversidad: posicionándonos como analistas del caso por caso, trabajando primeramente nuestros propios prejuicios, combatiendo miedos, mitos, (in) formándonos constantemente, leyendo estudios y casos, interactuando con otros profesionales (abogados, docentes, etc.) de distintas disciplinas involucradas, para poder alojar correctamente a esos discursos, a esas historias.

Para concluir, tomo el hacerse cargo amorosamente de un otro como un acto ético, un acto de amor, porque amar es responder sin salirse de uno, sin desdibujarse, pero priorizando al otro. Esto implica una buena función de sostén y de paternidad: al niño/a se lo/a debe respetar en sus elecciones y tiempos, acompañarlo/a, escucharlo/a y contestarle lo que pregunta, responderle algo, que no es lo mismo que cualquier cosa, responder, en fin, con mucho más que palabras.

¿Dónde están las familias homoparentales argentinas?

por ALEJANDRO VIEDMA Preguntas y consideraciones alrededor de las no imágenes de las familias homoparentales argentinas en los medios de comunicación locales.
Publicado por AGMagazine el 21-09-2009

Una gran noticia hemos recibido el pasado 9 de setiembre de nuestros hermanos uruguayos: el Senado del país vecino sancionó la ley que autoriza a las parejas -cualquiera sea el género de las personas que la conforman- bajo “unión concubinaria” a solicitar la adopción de una niña o un niño.

He leído y visto un resumen positivo en los medios de comunicación argentinos, si bien con diferencias en cómo tratan el suceso vanguardista para Latinoamérica, y casualmente la noche anterior a enterarme de aquella noticia había empezado a escribir estas líneas sobre la invisibilización en los medios de comunicación nacionales de las familias homoparentales autóctonas.

¿Hay acaso caras visibles de parejas de mujeres u hombres con su(s) hijo(s) en nuestros canales de televisión? ¿Se editan en los diarios y en las revistas fotografías sin cuidar el anonimato de los involucrados de estas familias? De hecho, las pocas que se conocen en la gráfica, son fotos importadas. Sólo a modo de excepción vemos una imagen de madres lesbianas compatriotas con su niño/a. ¿Será justamente para proteger a los miembros de esa familia? ¿Será peligroso mostrarlos? ¿Para quién(es)? He aquí mis primeros interrogantes en construcción...

Por otra parte, en el caso de que en la Argentina se apruebe la ley de adopción para parejas homosexuales, ¿qué dirá la familia típica argenta mirando la tv? O sea, cuando el público general mira en los noticieros por ejemplo los informes que retratan un hecho de adopción por parte de un matrimonio heterosexual o de una persona soltera, se refieren a "los hijos del corazón"=hecho amoroso=acto de amor=emoción en los televidentes. Pero cuando esto sea una realidad legalizada para las lesbianas y los gays argentinos, ¿se hablará también de "hijos del corazón" o de “pobres pibes”?, y ¿se seguirá usando el término "degenerados" para referirse a esos padres o se los considerará seres responsables como tantos otros adoptantes?

Además, ¿qué diferencias surgirán frente a las imágenes de dos madres o de dos padres?; porque creo que inquieta mucho más el caso de una pareja conformada por dos varones, pues aún continúa el prejuicio, entre otras ideas erróneas que circulan, de abusos que podrían cometer los gays adultos hacia los niños.

En el imaginario social las mujeres son las personas a las que se les adjudica un instinto maternal natural, por lo cual me parece que es más aceptable la imagen de una pareja lésbica con niños, incluso pareciera que una persona que no haya nacido biológicamente mujer pero tenga una identidad de género femenina, sería mejor recibida por la sociedad en su rol de madre.

Como escribió Eva Giberti, refiriéndose a la transexual Mariela Muñoz, en un número especial de setiembre de 1993 de la revista Actualidad Psicológica:

“… lo que resulta explícito es la intervención quirúrgica que remite a una ablación de sus genitales masculinos. ¿Qué podría sentir y pensar la comunidad frente a quien decide desprenderse de algo tan valorizado, idealizado, sacralizado por una cultura patriarcal? (…) Difícilmente contaría con la simpatía hacia quien elige no-tener, desprenderse de algo que se supone sistemáticamente envidiado, tanto en lo anatómico cuanto en las simbólicas que puedan acompañarlo, instituirlo, definirlo, sostenerlo…”. Continúa: “… Quizás los mitos e idealizaciones respecto de lo materno –también paradigmáticos de las sociedades patriarcales- hayan logrado mayor vigencia que el espanto que la castración produce. O sea, que mitos e idealizaciones acerca de la maternidad hayan resultado más relevantes para la comunidad encuestada que el desprendimiento voluntario de los genitales que identificaban como sujeto masculino a Mariela Muñoz. Como si fuera posible olvidarse, perdonarle, omitir su locura aberrante e incomprensible (así caracterizada por quienes no lograban imaginar la posibilidad de una amputación de esa índole) en aras de una maternidad espectacularmente mostrada y defendida por su protagonista. Es decir, la maternidad (amor a los hijos), todo lo explica, todo lo justifica; aunque provenga de un varón…”.

Entonces, siempre correremos el riesgo de biologizar la cuestión, riesgo en el que caeremos si no consideramos que el género y las funciones de maternidad y paternidad se construyen más allá del sustrato biológico.

Pensaba en estas cuestiones de la prensa porque estamos cansados de leer, escuchar y repetir que estas familias son una realidad, que no son nuevas, pero en nuestro país no se las difunde. La frase "lo que no se nombra no existe" bien podría homologarse a "lo que no se muestra no existe", por lo menos para la masividad, y por algo no se visibiliza a estas familias, no se trata de un hecho inocente mantenerlas en el anonimato.

¿Qué hay que esconder? ¿Cuál y para quién(es) es el riesgo de difundir imágenes, fotos, videos, palabras, testimonios de estos grupos familiares que se fundirían en la aclamada –pero muchas veces no aceptada- diversidad?

Que parejas lésbicas o gays puedan criar a sus hijos no es tomado como un hecho positivo en el imaginario de la gente, pese a los titulares y encuestas a favor que aparecen en los diarios y portales online. También tendrá que ver con las subjetividades de los periodistas, editores y difusores de información, sujetos que no dejan de ser catalizadores de las representaciones sociales de la homoparentalidad y, sobre todo, de las leyes a dictarse que puedan proteger a todos los integrantes de estas familias.

En el mejor de los casos, he escuchado la frase “que dos varones o dos mujeres tengan hijos es preferible a que estos niños estén en la calle o en orfanatos”, tal vez ¿consideraciones que apuntan a evitar un mal mayor?

Si nadie nace sabiendo ser padre, menos aún esto sucede con las familias homoparentales, que no tienen espejos de pares, de modelos positivos para aprender en el recorrido de la crianza de sus hijos/as. La ausencia de modelos distintos a la familia tradicional podría actuar como barrera para los sujetos gays y lesbianas que tienen el proyecto de ser padres/madres.

Leo Bersani en ¿El recto es una tumba?, editado por Edelp en 1999 en Córdoba, dice: “…como Stuart Hall sostiene, una representación es algo distinto de un mero reflejo: “Esto implica el trabajo activo de selección y presentación, de estructuración y configuración: no simplemente la transmisión de un sentido ya existente, sino la labor más activa de hacer que las cosas signifiquen”. La televisión no hace la familia, pero le da cierto sentido a la familia. O sea, ella hace una fuerte distinción entre la familia como unidad biológica y la familia como entidad cultural, y lo hace al enseñarnos los atributos y las actitudes a través de los cuales las personas que pensaban estar ya en el interior de una verdadera familia recién comienzan a sentirse como miembros de una. El gran poder de los medios, y especialmente de la televisión, es, como Watney escribe, “su capacidad de manufacturar la subjetividad misma” e imponer así una forma a la identidad. El “gran público” es a la vez una construcción ideológica y una prescripción moral. Además, la definición de la familia como identidad es, esencialmente, un proceso de exclusión, y el producto cultural no tiene ninguna obligación de coincidir exactamente con su referente natural”.

De tal manera, observar y oír en televisión a autóctonas familias homoparentales posibilitará a los televidentes considerar tangible a ese lazo afectivo, saber que hay una posibilidad real de paternidad por ejemplo para dos varones. También puede encender el deseo de lesbianas y gays de ser padres, darse cuenta que su sueño puede realizarse y a partir de allí decidirse a llevarlo adelante, acto obstaculizado si no se emiten imágenes de una pareja homosexual constituida y duradera en el tiempo con sus hijos.

Si bien sabemos que la diversidad adquirirá su verdadero significado mientras se acepte la diversidad del otro, a dicha diversidad debe conocérsela, vérsela, escuchársela y no obturarla o esconderla.

Para finalizar, creo que no obstante no se refleja en los medios argentinos a compatriotas lesbianas o gays madres o padres, se están llevando a cabo acciones concretas de parte de militantes y algunos políticos que buscan que el hecho vanguardista ocurrido en Uruguay tenga un efecto dominó en nuestra nación y en los demás países latinoamericanos, sobre todo en pos de los derechos del niño a tener una familia y los de los padres a afianzar su deseo de felicidad realizado, cuestiones que se plasmarán en la calidad de vida, en la salud de todos los integrantes de estas familias.

Los padres en su placard


Por: lic. Alejandro Viedma

¿Qué les sucede a los padres luego de que, ante ellos, su hija se asume lesbiana o su hijo gay? ¿Cuáles son las reacciones más frecuentes en esa transición, en ese pasaje desde esa “confesión” al oído y registro de los padres? ¿La entrada, permanencia y salida del clóset adquieren la misma modalidad en los hijos que en los padres? ¿Qué diferencias y semejanzas presentan tales procesos para dichas personas? Estos son algunos de los interrogantes –con intentos singulares de respuestas- que me he planteado tratar de recorrer en esta columna.

Vale aclarar que mis reflexiones son resultado de mi experiencia como profesional de la salud mental. Mi función siempre apunta al caso por caso (por eso los psicoanalistas no nos llevamos del todo bien con las estadísticas), a cada sujeto, a cada familia, no obstante, este seguimiento también rescata generalizaciones de cuestiones comunes, afines volcadas en los discursos de las personas y en las situaciones a describirse.

Abro mi ropero y te lo traspaso a vos, ¿para que lo cierres y te encierres en él?

Lo que deben atravesar lesbianas y gays cuando se asumen públicamente, después se reproduce, se repite en sus padres. Es por ello que también se dice que el coming out of the closet es un proceso continuo y no de una vez y para siempre.

Tengo la idea de que cuando un/a hijo/a está saliendo del placard, su madre y/o su padre está(n) entrando a otro.

Como metáfora de esta situación, me viene la imagen de cuando se viaja en tren o en subte y se arriba a la terminal del medio de transporte utilizado: como si los hijos fueran esas personas que están tratando de evacuar el vagón y se les dificulta porque hay muchas personas que están intentando entrar a ese espacio, como si esas personas fuesen sus padres. Se desatan empujones, una suerte de fuerzas que chocan, fuerzas encontradas que hacen engorroso a un espectador tercero ver quién se va, quién ingresa, qué sucede en ese momento, en esa escena que contiene pasos hacia adelante, hacia atrás, hacia los costados.

Los clósets en estos casos se traspasan de hijos a padres, como si se diera una herencia a la inversa, una “herencia de abajo hacia arriba”.

Se manifiestan claras situaciones especulares, se suscita una multiplicación de espejos. Cuando alguien se asume gay o lesbiana ante otro es porque ya ha transitado por un lugar conocido por años y no tiene en cuenta lo arduo que fue primero aceptarse a él/ella mismo/a, por lo cual pretende que sus padres lo/la acepten enseguida y sin condicionamientos y si no lo hacen, el/la hijo/a se enoja por la decepción sufrida, se desesperanza o se desespera por no poder cultivar una paciencia que permita esperar una respuesta positiva de sus padres.

Muy por el contrario, lo que la realidad exhibe es que cada uno, cada sujeto tiene su proceso, su tiempo para transcurrir esa noticia nueva, esa ficha del juego o el espacio familiar que mueve todas las demás piezas, como en el juego de ajedrez. Tales circunstancias más bien me hacen pensar en des-tiempos entre estas personas que vivencian distintos procesos.

Además, no es lo mismo que los padres se anoticien de la sexualidad de su hijo por medio directo de este último que pone palabra a que la descubran “sin intención”, por ejemplo, a través de una carta cuyo destinatario era ese hijo y el remitente “un extraño”, o, en tiempos de posmodernidad, habiendo leído una charla por el msn, un sms o un mail privado del hijo con contenido amoroso que provenía de alguien de su mismo sexo. Tal vez, del lado del hijo, “haberse olvidado” abierto o a la vista de sus padres ese material, signifique inconscientemente mandarles el mensaje: “entérense, no se los puedo decir abiertamente, léanlo, eso hasta me agilizará las cosas”.

Eso lleva a una crisis y a un momento transicional y fundante para reacomodarse, situación que no se sabe previamente cuánto tiempo tomará, cuánto costará, justamente porque cada proceso es singular y cada sujeto tendrá su tiempo lógico y también cronológico –pues el tiempo es una variable real que nos atraviesa a todos los seres humanos, variable que no puede ser excluida; no es lo mismo que se tarde en aceptar esa verdad algunos meses o veinte años o nunca se logre incorporarla- para la elaboración de esa realidad nueva.

La culpa suele instalarse en ambos lugares (en el de los padres y en el del/a hijo/a). Las crisis suelen provocar ansiedad y stress.

¿Qué les genera a los padres esta “nueva” realidad?

¿Cómo se da ese pasaje del clóset al lugar de los padres? ¿Cuáles son los puntos de encuentros y desencuentros que hallamos en esas (de) construcciones de placares?

Carga-descarga-alivio es la tríada (anteriormente transcurrida en la hija lesbiana o el hijo gay) de elementos presentes en este proceso que se repite y potencia en los padres. Primero aumenta el peso por la mentira y el ocultamiento, luego llega el sinceramiento –que a veces es considerado como sincericidio- y por último y como consecuencia de lo antedicho, la sensación de alivianarse porque uno ya no porta esa mochila llena o “esa pelota que tenía adentro”.

Sabemos que cuantas más altas sean las expectativas depositadas en el otro, cuando ese otro no las cumple, algo cae y aparece la frustración, se produce la herida narcisística. Esto va más allá de “lo gay”. Pero el que proyecta algo propio en un otro es responsable de ese hecho. En este caso, las aspiraciones y sueños vertidos por los padres en su hijo viajan hasta este último y no se clarifica que son cosas que traspasan los primeros –y muchas veces no son deseos del hijo- a este último, lo que hace culpabilizar al hijo si no las despliega.

Eso sí: se tendrá que elaborar el duelo, duelo como proceso normal que será necesario atravesar. Duelar, del lado de los padres, que su hijo/a ya no es más, al decir de Freud, “su majestad”, donde se encomiendan todas sus metas e ideales. Duelo –que se expresa como enojo por la desilusión sufrida- a discurrir, del lado del hijo, porque se baja del pedestal a ese padre que era visto como alguien protector, sostenedor, que lo apoyaría en cualquier situación, aunque sea la más adversa para todos.

El secreto actual de los padres, otrora del hijo, re-moldea, hace cambiar la (no) relación familiar. Hay una mutación de protagonistas, en el guión, de los escenarios.

Los padres experimentarán la sensación de extrañamiento, de tener que conocer a alguien que se volvió desconocido o a quien nunca llegaron a acercarse. Pierden de vista que ese/a hijo/a es esencialmente el/la mismo/a que los ama y necesita y a quien aman y necesitan; simplemente lo distinto a partir de allí es que todo será y se desarrollará más en el orden de lo verdadero.

Parecería como si cayera todo lo bueno que tiene ese hijo y se subraya sólo lo “maligno”. Por un momento ese hijo deja de ser el que siempre fue, según el caso (estudiante, laburante, buena persona, hermano de, amigo de, etc.); esos rasgos y esas potencialidades parecieran esfumarse porque allí lo que prevalece exclusivamente es la sexualidad del hijo. ¡El pibe se volvió sexuado y encima esa sexuación no es la esperada por sus padres!

Así como para cualquier hijo es intolerable imaginar la escena en la cual sus padres tienen relaciones sexuales, tampoco estos soportan eso de sus hijos, y si a ello se le suma que su hijo se acuesta con alguien de su mismo sexo, les provoca horror.

En la visión de muchos padres la homosexualidad es algo que no incluye el amor, cuestión que respiran e incorporan de lo sociocultural, ya que casi no existen, al menos públicamente, modelos positivos de parejas gay que perduren en lo amorosamente temporal.

“¡No me mires ni me hables ni me toques!”

Se dificulta mirar a los ojos, se esquivan las palabras, las cercanías, se toma distancia. Impera la tensión en la mudez posterior al enterarse, ya que se instala un cambio total en la cosmovisión de los padres y se encuentran como perdidos, sin mapa ni brújula. Aumenta la tirantez en estas (no) interacciones familiares ya que muchas veces se envían metamensajes o el diálogo se corta.

Respecto a los meta mensajes, los más comunes pueden ser: “a tu papá no le gusta que ese chico se quede a dormir” (desde una madre a su hijo gay); o: “a tus hermanos les avergüenza lo que hacés, ¡qué van a decir sus amigos del barrio!” (desde el padre a su hijo gay o a su hija lesbiana); o: “dicen mamá y papá que bajes la voz cuando hables con tu amiga por teléfono o te vayas a hablar al fondo” (aquí el emisor puede ser un/a hermano/a de una chica lesbiana). Quizás los metamensajes siempre circularon dentro de esa familia, ya que las cosas nunca se dijeron directa o abiertamente, no ha existido diálogo alrededor de tema alguno y en una situación como la descrita se agudiza esta modalidad de comunicación ruidosa. No obstante, tal vez pueda constituirse una oportunidad para empezar a cambiar dicho modo, aunque en un principio no se lo ejerza de la mejor manera; por ejemplo, un paciente (que llamaré “Pedro”) me ha relatado que cuando él le ha dicho a su madre que era gay, la señora le contestó: “no hacía falta que me lo refregaras en la cara, hubiese preferido que no me lo dijeras nunca”.

Emerge el enojo. Malestar que se expresa con el silencio que hiela o, como decía recién, con palabras hirientes. ¿“Castigo propinado” por sentirse castigados por creer que ese hijo “no los hará abuelos”? (sobre todo desde los padres que aún no fueron abuelos por medio de otro/a hijo/a); ¿castigo que se ejerce activamente porque sienten que ese hijo los dejó afuera del disfrute de su abuelazgo, de otro rol más relajado, de ser doblemente padres, de otra etapa de sus vidas? Beneficio que ellos creen perder en ese momento y “el que se los quitó” es su propio hijo.

Se desvanecen ilusiones, certezas, paradigmas, mundos enteros y hay una imposibilidad para simultáneamente levantar otros cimientos o para poner algo positivo en esos huecos o elementos derrumbados.

El miedo es producto de lo que se desconoce y por eso resulta más funcional y cómodo no cuestionar o mover las bases que se construyeron a lo largo de la vida. A los padres les provoca pavor o una falta de respeto “discutir” o contradecir a los que les enseñaron, a los que los educaron para que compusieran un determinado imaginario. ¿Es por este motivo que les molesta y lastima que sus “alumnos” –llámense hijos- los cuestionen a ellos, los desobedezcan?

Entonces, hay una especie de mixtura de sentimientos y pensamientos que se instalan del lado de los padres: disgusto, vergüenza, fracaso en su función (que da origen a la pregunta culpógena “¿en qué nos equivocamos?”), elementos que se mezclan por no haber estado preparados para recibir tal noticia y por ende no saber cómo enfrentarla y enfocar lo que vendrá, circunstancia que los lleva a querer que ese hijo “cambie”, hecho demostrado en la cantidad de padres que exigen a su hijo que vaya al psicólogo o hable con algún cura.

En un momento posterior, en general y en ciertas situaciones hace el sujeto asumido gay o lesbiana –consciente o inconscientemente y por un tiempo nunca definido- las veces de sus padres: se convierte en papá de sus padres en el sentido de brindarles información (revistas, folletos, películas de temática gay), tratando de respetar y entender sus procesos, “aconsejándolos”, acompañándolos, conteniéndolos, preguntándoles en qué los puede ayudar, a quiénes les contaron o contarán, etc.

Así como una persona antes de salir del ropero piensa en lo peor que le pueda suceder por hablar (que sus padres lo echen de su casa, por ejemplo), también a los padres se les aloja el miedo a cómo lo tomarán sus amigos, sus parientes más cercanos, sus compañeros de trabajo, etc. Se sienten como bichos raros por considerarse “los únicos que tienen un hijo así, ¿por qué nos tuvo que tocar a nosotros?”. Por eso se refugian en una comodidad que más tarde incomoda, asfixia, lo que lleva a que dejen de “esconder lo del hijo” y empiecen a relajarse con este tema. Pero, decía, en el albor del enterarse les cuesta mucho pronunciar y luego compartir con alguien “mi hijo es gay”.

Cuando se me consulta por esta cuestión, como terapeuta sugiero ir de menor a mayor: empezar por contarle a los familiares y amigos más cercanos y a los cuales uno crea sabrán entenderlo con el fin de hacer alianzas y no sentirse tan solos. Suele ayudar que previamente se testee el campo mediante interrogaciones al otro sobre este asunto en general.

Otros pasos para combatir esos malestares pueden ser: buscar material, acudir a algún profesional idóneo en el tema o contactarse con otros padres que transitaron por una situación similar. Todos estos son posibles senderos que facilitarán el acercamiento a su hijo.

Luego de un plazo, muchos padres –y sus hijos- se asombran porque al final no todo fue catastrófico, porque hasta tuvieron compensaciones por haber atravesado toda esta fase. A veces algunos padres llegan a tomar a la pareja de su hijo como un yerno más o como un hijo más (pero eso es un cuasi ideal a alcanzar con el tiempo, que en la mayoría de los casos no se da porque cuesta superar la decepción, el dolor, las peleas).

Lo que logran los padres después de todo esto es aceptarse mejor a ellos mismos, se restablece su autoestima, como consecuencia de primero haber aceptado tal como es a su hija lesbiana o a su hijo gay y eso sutura las grietas provocadas por las culpas.

Cuestiones de género; ojos que ven, ¿corazón que disiente?

Razones culturales harán que el padre (varón) que tiene un hijo (varón) gay se sienta cuestionado en su masculinidad, justamente porque ante la mirada de los demás (sobre todo de otros varones) se creerá expuesto por “no haber podido transmitir dicha masculinidad” a su hijo. Todavía circula cierto prejuicio en la sociedad que liga la homosexualidad masculina a la falta de hombría.

En el caso de una hija lesbiana es común que los padres tomen a la pareja de aquella como “su mejor amiga” a pesar de que lleven años de relación, las hayan visitado en la casa que comparten y hayan (no) visto que en la habitación de ambas yace una cama de dos plazas y no existe otro sommier o colchón ubicado en otro sector de ese hogar. El lecho conyugal es percibido pero no tomado como tal, es decir, es desmentido, negado. Hay algo del orden del “no quiero ver, no quiero saber, aunque lo sepa”. Si bien en un momento anterior esa situación les pudo a las chicas haber resultado funcional ya que no hubo obstáculos en la habilitación de su convivencia por parte de sus progenitores, en un tiempo posterior se les vuelve en contra, ya que esa pseudoaceptación es aún más peligrosa porque conlleva la invisibilización del vínculo lésbico amoroso, invisiblización de la relación entre dos mujeres, invisibilización de sus sexualidades.

¿Visibilidad (no) óptima?

Creo que un extremo de la visibilidad de los padres de una lesbiana o un gay lo constituiría cuando los primeros forman parte de alguna asociación que milita por los derechos de sus hijos; parecería que la vida de esos padres cobrara un sentido nuevo, se embanderan en una causa que antes no había tenido lugar en ellos.

Un ejemplo del otro extremo de la (in) visibilidad puede consistir en el camuflaje que le infligen a ese hijo; un caso podría ser cuando los padres (pudientes) lo mandan al exterior a “estudiar por un tiempo” o cortan toda posible futura manifestación del hijo que tenga que ver con su homosexualidad diciéndole: “no se lo digas a nadie, sería mejor que te muestres con una chica” o “acá no se habla más del tema, que ni se te ocurra traer a alguien, respetá este techo”.

Por otra parte, me gustaría hacer un paralelismo entre la expresión, acción de la visibilidad y el clima metereológico, que impacta en los demás climas (emocional, corporal, vincular): cuando se habla de visibilidad óptima podemos transferirlo quizás a la más diáfana visibilidad de cualquier gay o lesbiana en su familia en el momento que ya salió del clóset y cuando ya pasó la tormenta, se esfumaron las nubes, cuando ya no hay niebla. Se despeja el cielo al igual que las dudas, los miedos, la incertidumbre que provocaban en los padres –y en otros/as- esa sospecha de que su hijo “tenía algo, pero no lográbamos saber exactamente qué”.

A modo de concluir: salida múltiple de los muebles

Considero que el coming out of the closet de una persona dentro de su familia es una oportunidad para propiciar lo que circula y se intercambia en el interior de esa célula: los montos de afecto, que se potencian en sus corrientes tiernas (que tienen que ver con la comprensión, la contención, la aceptación) y agresivas (que aparecen como rechazo, expulsión, violencia).

Es además una chance para los padres de cuestionar sus “valores inamovibles” (lo que al principio no figuraba en sus planes), por ejemplo, los esparcidos por su religión, ¿es acaso “natural” que los padres excluyan de su familia a su hijo por tener una orientación sexual que no es la misma que la de ellos? ¿No inculca la iglesia católica “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”? ¿No enseña dicha institución a “amar al prójimo como a ti mismo”?

También para los padres, cuando empiezan a leer todo lo que buscan y encuentran acerca de esta temática, es una forma de acercarse a nuevos horizontes (¡con pluralidades de arcoíris!), ya que “no sabíamos nada de esto”.

Es, tanto para ese hijo como para esos padres, un método para tramitar, vía palabra, el conflicto, ya que cuanto más se verbalice “soy lesbiana” o “mi hija es lesbiana”, más se ejercitará externa e internamente para asumir la verdad, diciéndola y escuchándola-escuchándose.

Si pensamos que el clóset de los padres es armado con palabras del/a hijo/a, puedo aventurar que se trata de un CLÓSET SOCIAL, un placard doblemente vincular, familiar; es como un (in) mueble, un bien de familia porque es parte de ese grupo en particular, pero en el caso de los padres, no deben dejar de tener en cuenta que se trata de una sexualidad ajena, la de su hija/o.

Lo que no pueden vislumbrar esos padres en el primer momento de exposición de su hijo es algo positivo: que hubo algo del orden de la construcción en el camino para que ese hijo se autorice a utilizar su palabra –más allá de que para el hijo ya resultó insoportable continuar con su secreto- hasta en la explosión. Incluso puede resultar del lado del hijo un acto de amor sano, una forma de cuidado y respeto por esos padres, por no querer que los mismos “se enterasen de lo de él por terceros”.

La sinceridad del hijo (o del padre que sale del ropero) rompe con el “como si” estuviera todo bien en el núcleo familiar mientras no se blanquee la homosexualidad.

Se empieza a dejar de fingir y se corta con las preguntas auto mentirosas: ¿no te gusta esa chica? (hacia un hijo gay), o: ¿cuándo te vas a casar, tener hijos, formar tu familia?, como si una pareja del mismo sexo no constituyera por sí sola, por sí misma una familia. Los padres comienzan a perder la idea o ilusión que esto “ya se le pasará” al hijo que “tiene una confusión”, o a dejar de echarle la culpa “a ese degenerado que le metió cosas raras en la cabeza”.

En un momento ya esclarecido y digerido, los comentarios –de los padres- antigay, homófobos, discriminatorios pierden dimensión real porque otrora el atacado era “el vecino puto de la esquina”, ahora transformado en su propio hijo.

La revelación de una sexualidad disidente es algo distinto a la confesión, que implica la culpa de lo que se está haciendo mal, algo de la instancia superyoica que sanciona, o de lo religioso que exige que se nombre el pecado para que el pecador se haga cargo y pueda cambiar, dejar de hacer eso “sucio”.

A mí me seduce más el verbo revelar, porque se descubre un velo. Como el revelado de las fotos: algo que permaneció en un cuarto oscuro (clóset) sale a la luz. ¡Y hay tantas fotos lindas! ¿Por qué siempre lo revelado tiene que ser tomado tan negativamente? ¿Para qué romper o tirar los negativos? ¿Por qué no nos abrimos a observar y no nos dejamos deleitar por la diversidad de paisajes, personas, rostros, expuestos en esas improntas gráficas que congelan un minuto o un lazo?

Un pensamiento para finalizar: creo que lo más importante del coming out es que puede ser una maravillosa oportunidad para re-conocer (se) y para aceptar (se) a ese familiar (y a uno mismo, llámese padre o hijo) desde la autenticidad, el respeto, la madurez, el cariño, la ética (y no la moral).

Con el pasar del tiempo, comprender y aceptar al otro y a sí mismo se constituirán como ACTOS saludables, ¡ACTOS DE AMOR!
Fotos de la marcha del orgullo LGBT, BS AS, 2008:


En el marco de la semana del orgullo LGBT 2008, charla-debate:

Lunes 27 de octubre, 20:00 hs;

“Género, visibilidad y familias”

Charla en la que se buscará articular la diversidad conceptual y la realidad que atraviesan a las nuevas construcciones de familias LGBT.

Exponen: Lic. Dafna Alfie, Lic. Alejandro Viedma y Facundo García.
Debate posterior con asistentes.
Av. Hipólito Yrigoyen 3644, CABA.
Entrada libre y gratuita.

Cronograma completo con las actividades de la semana del orgullo en:
http://www.marchadelorgullo.org.ar/05-semana.php

FAMILIARMENTE LGBT

Por: Lic. Alejandro Viedma

El psicoanálisis comparte con la antropología el no tomar por naturales u obvias las cuestiones que son instaladas como tales por una supuesta mayoría que no habilita para revalidar las teorías nacidas de ciertos mitos o conceptos rígidos.

Así como Lacan dio lugar a que se interrogue (pregunta freudiana, por otra parte) qué es ser una mujer, me permito pensar en la familia y el contexto actual: qué es una familia, qué características tiene que tener una familia para constituirse como tal, si hay un modelo familiar que predomina en estos tiempos de globalización y, más específicamente, cómo entender los grupos familiares que están compuestos por personas lesbianas, gays, bisexuales y/o trans (LGBT) que muchas veces no presentan lazos sanguineos, y cuáles son los efectos de estas situaciones en la sociedad argentina.

Trataré de recorrer estos interrogantes articulando con algo de mi experiencia como profesional de la salud.


Familias LGBT: existentes pero negadas

Hoy en día sólo como excepción tiene una cierta permanencia el matrimonio monógamo, heterosexual y con fin reproductivo.

Con este panorama, del lado de la sociedad, ¿no hay algo de pérdida de la realidad o negación de la misma? Digo, ¿por qué seguir pensando que esa familia “tradicional” es el objetivo ideal a seguir? ¿Por qué no darle la entidad que se merece a las “otras” familias, las cuales siempre existieron? ¿Por qué justamente allí donde sí hay una obviedad (es obvio que estas familias cobran vida) no se la reconoce?

Por un lado, sabemos que lo “tradicional” se refiere a una época pasada y, por otro, creo que “lo ideal” es inalcanzable.

Considero que hay que replantearse el concepto de mayoría, porque si reuniésemos a todas las familias que no serían las “tradicionales”, si juntáramos a todos los “grupos disidentes”, es decir, a las “otras” familias, las ensambladas, las de madres solteras, las de dos papás, las de dos mamás, las de madres trans, las de parejas que se juntan y alguno/a de ellos/as ya tiene un hijo con una pareja anterior, etc., obtendríamos un grupo ampliamente mayoritario.

Por eso debemos contextualizar los espacios geográficos y los momentos sociales, históricos, políticos, culturales, económicos, teóricos, etc.


Miedos ajenos y propios

Varios prejuicios se dirigen aún hacia (y dentro de) los sujetos LGBT, entre ellos uno de los más fuertes es: “te vas a quedar solo” (apoyado por la realidad, ya que en nuestro país casi no existe una ley que ampare a las familias homoparentales), no obstante, algo de ese prejuicio está perdiendo fuerza en el imaginario social, porque existen muchas personas lesbianas y gays que están compartiendo sus vidas en pareja hace muchos años y eso implica una historia y un proyectar de a dos.

Uno de esos proyectos puede ser convertirse en padres. Y los prejuicios que circulan en la sociedad también son introyectados en las parejas de lesbianas y gays.

El discurso expresado y escuchado que contiene el miedo más común de estas personas es: “yo no adoptaría porque la sociedad no está preparada para esto”, o “no quiero que el niño salga dañado, por ejemplo en su colegio, por tener dos papás o dos mamás”.

Me parece que muchas veces nos quedamos en ese miedo paralizante por no actuar. Y lo principal en estos casos es empezar por uno, por lo que se puede hacer previamente, recorriendo caminos posibles hasta concretar el hecho: informándose, reuniéndose con otras personas que hayan pasado por la misma situación, acercándose a profesionales, para luego estar preparado para afrontar el “afuera”.

Por ejemplo, cuando se hace real el deseo de construir una familia homoparental que incluye un hijo (o más), es importante acercarse al colegio donde acudirá ese/a niño/a para informar, “educar”, darles tiempo a las autoridades y docentes de ese establecimiento para que lean material pertinente, etc.

La construcción implica sumatoria, algo que se edifica, armado de. Y armar una familia “no convencional” ya rompe con lo que circula socio culturalmente, el: “a la familia no se la elige, te tocó eso”, puesto que si hablamos de elegir, introducimos la dimensión del deseo y de la decisión responsable de esa elección y de ir preparándonos para la realización de ese deseo de construir una familia “diversa”.

Lo anteriormente mencionado se relaciona con el verbo adoptar, el cual proviene del latín: “Ad optare”, y significa desear, elegir lo que se quiere.

En mi experiencia dentro de los grupos de reflexión para varones gays que coordino puedo dar cuenta de este panorama, relacionando la teoría con la práctica misma: por ejemplo, hay dos hombres que adoptaron como solteros, hay otro miembro que hizo la unión civil con su pareja, hay un papá de un hijo gay, abuelos gays, padres gays que tienen hijos/as de matrimonios anteriores y en la actualidad conviven con alguien de su mismo sexo, etc.


¿Cuáles son los datos que emanan de los principales estudios en familias homoparentales?

La mayoría de las investigaciones hechas en el mundo acerca del desarrollo de niños y niñas (algunas de dichas investigaciones incluyen a adolescentes) criados/as en familias homoparentales se realizaron en Europa, los Estados Unidos y Canadá.

Los datos informan que no hay diferencias significativas entre tales niños/as y los/las criados/as por padres heterosexuales en cuanto a su desarrollo socio afectivo.

Los estudios revelan que los/las niños/niñas criados/as en familias homoparentales no resultan homosexuales más frecuentemente que los/las criados/as por padres heterosexuales.

Igualmente, si fuese así no sería un problema, considero que ya en la base de esa hipótesis a constatar o refutar hay algo prejuicioso, ya que se supondría que la homosexualidad es contagiosa donde implícita o explícitamente continúa el concepto de enfermedad; pero al menos los resultados descartan una de las ideas más comunes del imaginario colectivo basada en la ignorancia.


Lo que hace a una familia

Lo que mejor define a una familia son los lazos afectivos (corrientes amorosas y agresivas) que se constituyen y vehiculizan dentro de la misma.

En ese sentido, no considero que la consanguinidad, lo genético, la filiación sean los únicos rasgos excluyentes que deberían estar presentes en un grupo familiar y, al mismo tiempo, se amplía una posible definición de las familias.

En palabras de Gilbert Herdt y Bruce Koff en su libro “Gestión familiar de la homosexualidad”: “La familia es plural porque se trata de una forma de parentesco, y el parentesco es un sistema de relaciones sociales arbitrario sin relación directa con la consanguinidad ni con la filiación. El parentesco existe solamente en la conciencia de las personas y es una convención social, un lenguaje, un sistema de representaciones. El parentesco no es una relación física o biológica: el parentesco es una relación social”.

Es por ello que me permito pensar en otras formas de familiaridad dentro del colectivo LGBT, como la que conforman los amigos o la solidaridad como elemento emergente en períodos críticos de las personas.

Ejemplo de ello puede ser lo que ocurre dentro del hospital Muñiz (según me comentó la presidenta de ATTTA, Marcela Romero), sobre todo entre personas trans y gays que conviven con el VIH/SIDA: hay muchos gays que no son visitados y en períodos terminales son las chicas trans las que los cuidan, los asean, les dan de comer, los acompañan.

Respecto a ellas, en el momento que hay una información oficial de que están muy graves, se llama a sus familias –que en general viven en el norte argentino- para transmitirle dicha noticia, y lo que ocurre –también en general- es que la respuesta del otro lado del teléfono es: “esa persona hace rato dejó de ser parte de esta familia”. Entonces, tras las expulsiones, los “asesinatos” de las personas trans por sus familias “naturales”, muchas chicas cumplen ese mandato por poseer una cantidad relevante de pulsión de muerte. No por casualidad el promedio de vida de las chicas trans en Argentina es de 25 a 35 años.

También podría pensarse que ciertas redes hacen las veces de familias, como por ejemplo, grupos de pertenencia, donde se construye un espacio que la sociedad obtura. De hecho, me sentí muy reconfortado cuando recibí un mail de un integrante de uno de los grupos que coordino, que decía: “Querido Ale, me alegra mucho que hayan ingresado a nuestro grupo dos personas nuevas, se nota que la familia se sigue ampliando… Carlos”.


Por la legitimación de lo familiarmente diverso

El término delirio proviene de una metáfora de labriego de la antigua Roma. Así lo explica Pierre Rey en su novela “Una temporada con Lacan”: “Lira, el surco. Cuando un campesino se distraía detrás de su arado, apartándose inadvertidamente del surco, los demás, para avisarle, le gritaban: De lira! Te sales del surco. Cuando irradia su propia energía, toda creación se sitúa necesariamente fuera del surco, porque la creación sólo puede proceder del delirio”.

En tal sentido, las “nuevas” creaciones familiares se salen del surco, de lo establecido, no obstante desde lo social no se las debe meter en la bolsa de lo raro, de lo enfermizo y no se debe analogar lo que sale de la norma con lo que transgrede la ley, la salud, y para ello hay que seguir luchando para legitimizar los derechos de todos y todas, creando y afianzando, haciendo cumplir nuevas leyes.

Tengo la idea que la ley y el afecto se retroalimentan, cada aspecto actúa como soporte del otro.

Es el respeto, el amor, el compromiso lo que construye y legitima una familia y, a su vez, la ley debe anidar, respaldar esos lazos. Sobre todo para los menores, a los cuales hay que proteger, acompañar, ayudar, en lugar de señalar, estigmatizar, apartar.

Para finalizar, creo que en este tema sería importante recusar la terminología negativa, que sigue haciendo oir ciertas palabras estigmatizantes como: patología, lo (no) natural, mayoría, perversión, etc., avaladas por mitos, informaciones con bases falsas, rigideces, y que hace que siga reproducéndose la discriminación, en pos de valorizar lo positivo, lo que circula en lo que existe: dentro de la diversidad de manifestaciones familiares en este mundo plural y atractivo en lo relacional, apuntar al reconocimiento de la singularidad, de la subjetividad de cada quien, a la responsabilidad, al deseo, a la capacidad de una persona para ser padre o madre -más allá de su orientación o identidad sexual-, y al amor, lo cual no significa “dar todo”, sino lo necesario y suficiente con límites.