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Sábado 15 de febrero de 2014 | Publicado en edición impresa del Suplemento Sábado
Un reciente estudio norteamericano demostró que las parejas que comparten tanto las obligaciones de la casa como las responsabilidades laborales tienen menor frecuencia sexual
La imagen del marido poniendo la mesa mientras su mujer cocina, o recorriendo las góndolas del supermercado con la lista de compras en la mano, o ayudando a los chicos con la tarea mientras ella aún no ha llegado del trabajo... Todas esas son postales -acaso cada vez más frecuentes- de una convivencia en la que el hombre y la mujer comparten las tareas del hogar, pero también las responsabilidades laborales. Durante décadas, las ciencias sociales han avalado con estudios esas imágenes, mostrando que los matrimonios más igualitarios ofrecen mayores niveles de satisfacción entre ambos miembros de la pareja. Pero ahora, un grupo de sociólogos se ha preguntado acerca de cómo influye este modelo de matrimonio en la vida sexual. ¿La respuesta? Una que es tan poco alentadora como polémica.
"Nuestros hallazgos muestran que las parejas en las que los varones participan de tareas tradicionalmente realizadas por la mujer tienen una menor frecuencia sexual, lo que sugiere la importancia que tiene para la frecuencia sexual de las parejas heterosexuales que sus integrantes exhiban los roles de género. Pero incluso cuando se toman en cuenta las tareas hogareñas tradicionalmente femeninas y las masculinas en conjunto, también hay un coeficiente negativo para la participación del varón", escribieron Julie Brines y sus colegas de la Universidad de Washington, Estados Unidos, en la revista American Sociological Review.
Los investigadores llegaron a esa conclusión tras analizar estadísticas provenientes de la Encuesta Nacional de Familias y Hogares de los Estados Unidos, que les permitieron correlacionar la frecuencia sexual de las parejas con la participación de los varones en las tareas hogareñas. Pero lo hicieron -y esa es la particularidad del estudio- con especial hincapié en qué tanto tiempo pasaban los hombres haciendo tareas tradicionalmente consideradas femeninas (lavar la ropa, cocinar o pasar la aspiradora) o masculinas (cortar el pasto, arreglar el auto y realizar reparaciones en el hogar).
Para Brines, "la importancia del género ha declinado con el tiempo, pero continúa ejerciendo una poderosa influencia sobre los comportamientos de los individuos, incluyendo la frecuencia sexual dentro del matrimonio". Y de hecho eso es lo que sugiere su trabajo: las varones que pasan buena parte de su tiempo en el hogar haciendo tareas femeninas tienen un 1.5 veces menos relaciones sexuales al mes que los que hacen cosas masculinas .
"Nuestros resultados sugieren que la sexualidad está gobernada por la puesta en acto de la femineidad y la masculinidad a través de la realización de tareas del hogar apropiadas a cada género, que coinciden con los guiones sexuales que organizan el deseo heterosexual", concluyen los investigadores.
Pero, y es importante subrayarlo, el mismo estudio destaca que los índices de satisfacción marital son más altos cuanto más igualitariamente están repartidas las tareas hogareñas, lo que se confirma por estadísticas que muestran que las parejas en las que hay una división de tareas más igualitarias tienen menores tasas de divorcio.
Aun así, no todos los especialistas coinciden con la línea argumental expuesta en el estudio.
Voces del debate
"Como psicoterapeuta que trabaja con parejas he observado algo similar a los nuevos hallazgos. Es verdad que el hecho de que los maridos estén ocupados con todas las tareas del hogar raramente hace que las esposas los deseen. El tener a la pareja, por ejemplo, cargando el lavaplatos -un tipo popular de intervención marital sugerida por libros de autoayuda, revistas femeninas e incluso por terapeutas- no parece tampoco tener mucho efecto sobre la libido", escribió la psicoterapeuta Lori Gottlieb, en un artículo publicado en The New York Times, en el que comenta los resultados del estudio de Brines.
Andrea Gómez, psicoanalista y sexóloga, retoma el planteo sobre la influencia de los roles de género propuesto por los investigadores, para aportar un mirada distinta: "En la sociedad occidental todos hemos sido educados con ciertos estereotipos o roles que debemos cumplir: la mujer debe ser más emocional, más cariñosa, más cuidadosa con la casa; debe dedicarse más a la alimentación de los miembros de la familia, a atender a los chicos, mientras que el varón cumpliría roles más ligados a la fuerza, a ganar dinero, a actividades que tienen que ver con sostener a la familia y la mujer. Sin embargo, no coincido con que el ocupar estos roles rígidos garantice el deseo sexual dentro del matrimonio", opinó Gómez, autora de Sexualidad, pareja y embarazo. Mitos y verdades (Lugar editorial).
"Sí, en todo caso, creo que en la pareja muchas veces se pierde ese deseo sexual cuando el vínculo, anteriormente erótico o sexual, se transforma en un vínculo más fraternal. Es ahí cuando entran en juego factores de la convivencia, psicológicos y estereotipos de familia, pero no creo que compartir roles tradicionalmente considerados femeninos o masculinos tenga ese efecto", agregó.
Alejandro Viedma, psicólogo de la UBA que trabaja en temas de diversidad sexual, opinó: "Como psicoanalista, más allá de basarme en estadísticas, trataría de pensar por qué estas parejas están más igualitarias , si es que, como plantea este nuevo estudio, el deseo sexual cae como resultado de que el varón se «feminiza» (según lo que histórica, social y políticamente se denomina lo femenino ). ¿Son más igualitarios porque el varón perdió su trabajo y es la mujer la que debe salir a trabajar? ¿O es la mujer que ha comenzado a superar a su marido en los ingresos económicos?"
Viedma se inclina por el valor disruptivo que puede tener el cambio dentro de una pareja: "Las presiones, preocupaciones, inseguridades y los miedos son enemigos del deseo, y esas cuestiones inciden por ejemplo en que haya falta o pérdida de erección en el varón o anorgasmia en la mujer", explicó, y agregó: "Muchas veces, desde lo discursivo, se aboga por lo igualitario, pero después no se lo soporta. Por algo aún molesta que la mujer acceda a espacios otrora denegados o impensados".
Miguel Espeche, psicoterapeuta que coordina el Programa de Salud Mental Barrial del hospital Pirovano, aportó otra mirada sobre las conclusiones del estudio: "En primer lugar creo que tiene sus bemoles homologar la frecuencia sexual con la calidad sexual. Si relación sexual es llegar cansado del trabajo y usar la sexualidad como ansiolítico, no se está tomando en cuenta la calidad y el intercambio durante el encuentro sexual".
Por otro lado, "creo que hablar de un matrimonio más igualitario en algún punto es aburrido, porque de por sí lo interesante del matrimonio es lo distinto. Lo estimulante, al menos en la heterosexualidad, es la diferencia, y esa diferencia y el misterio de la diferencia influye muchísimo en la libido", agregó Espeche, que advirtió las situaciones en las que el énfasis por repartir equitativamente la carga de las tareas familiares "transforma a los integrantes de la pareja en buenos compañeros y socios de la pyme familiar".
"De todos modos, no sabemos con seguridad si eso repercute directamente a favor de una mayor libido -advirtió-. Pienso que si la pareja se complementa en otros aspectos o tiene diferencias en otros aspectos podría tener una vida sexual espléndida.".
Publicado el por Verónica Dema para Boquitas Pintadas de lanacion online
“Yo no me etiqueto. Puedo estar tanto con un hombre como con una mujer: no me enamoro de los genitales sino de la persona”. “Estoy mal porque no sé qué soy, necesito definirme para un lado o para el otro”. “El que dice que es bisexual en realidad es un gay no asumido del todo”.
Frases como éstas, reflejo de lo que se escucha en algunas sesiones de terapia, invitan a conversar sobre quienes alternan sus prácticas sexuales y afectivas homosexuales con las heterosexuales. Son personas llamadas bisexuales, es decir, que tienen relaciones emocionales y/o sexuales tanto con personas de su mismo sexo como con otras del sexo opuesto.
Para el austríaco Sigmund Freud hay una bisexualidad innata en los seres humanos, un rasgo psíquico inconsciente propio de toda subjetividad: venimos al mundo con disposiciones sexuales tanto masculinas como femeninas. Así, cualquier persona tiene la capacidad de involucrarse sexo-afectivamente con otra, más allá de su sexo o género.
La mayor visibilidad en los últimos años de las distintas sexualidades da cuenta de la diversidad que hemos sabido construir. Entonces, lo que antes operaba como fantasía o como algo experimentado esporádicamente o en la clandestinidad, hoy se concreta con menos temores, vergüenza y sin traumas.
“Segunda Parada de la Igualdad” en Asunción, Paraguay, 2011; Foto: Alejandro Viedma
No hay nada nuevo bajo el sol. El Banquete de Platón (diálogo que versa sobre el amor, compuesto hacia el año 380 a. C.) ya era un verdadero “mapa sexual humano” y, por otro lado, el padre del psicoanálisis en toda su obra también acogió lo diverso iluminándolo desde la infancia humana, especialmente a partir de Tres Ensayos sobre teoría sexual (1905).
En este post, el psicoanalista Alejandro Viedma, a partir de la experiencia clínica, desarrolla su mirada sobre la bisexualidad. “Hay muchas personas que se dan permiso de probar estar con alguien de su mismo sexo luego de una vida “hétero”, o viceversa, gente que en el pasado sólo tuvo relaciones homosexuales y después de décadas se enamora de alguien del sexo contrario. Me parece adecuado que el propio sujeto descubra, construya, experimente su sexualidad, sexualidad que en ningún caso es del todo fija o lineal”, sostiene.
“Yo no me etiqueto”, me comentaba en una de sus sesiones un ex paciente al que llamaré Matías, y cuando le pregunté a qué se refería con eso, se explayó un poco más: “Puedo estar tanto con un hombre como con una mujer, yo no me enamoro de los genitales sino de la persona”.
Por otra parte, ¿por qué angustia la falta de etiquetas? Otro paciente me decía: “Estoy mal porque no sé qué soy, necesito definirme para un lado o para el otro”. También la angustia y los miedos pueden emerger desde la pareja de una persona bisexual, por ej., ese mismo paciente refirió: “Además pongo mal a mi novia porque le conté que sentía atracción también por algunos hombres y me dijo: ¿Y ahora cómo querés que me quede, si en cualquier momento me metés los cuernos con tipos?…”.
Etiquetas que, más que cerrar, abren interrogantes: ¿Alcanza mencionar un tipo de orientación sexual para definir a un ser humano? ¿Nominarse como hetero, gay, bisexual o trans abarca la totalidad de la sexualidad de un sujeto? ¿Hasta dónde limita o alivia rotularse con una preferencia sexual en particular?
¿Los bisexuales rompen con la tiranía de tener que sí o sí asumir una condición homo o heterosexual? Decirse bisexual: ¿Unifica a los bisexuales dentro del colectivo LGTB (lésbico-gay-trans-bisexual) o los segrega? ¿Es ese rasgo de nominarse bisexual (u otro modo de goce, al decir de Lacan) parte de un discurso entre pares para segregarse o segregar? Incluso también hay prejuicios internalizados dentro de la comunidad LGTB, ya que es común escuchar: “El que dice que es bisexual en realidad es un gay no asumido del todo”… ¿Es ese el motivo por el cual los y las bisexuales quedaron relegados en la visibilización del colectivo LGTB?
Hay tantos casos como personas, tanta diversidad incluso dentro de los y las bisexuales, lo que podría reflejarse modificando el singular por el plural y referirse a “las bisexualidades”.
Claudia es otra de las pacientes que me llamó para iniciar una terapia. Al momento de la consulta tenía 48 años, estaba en proceso de divorcio con su ex esposo, tenía dos hijos. Sufría de ansiedad: “Me pone muy ansiosa lo que vendrá, cuando mis más allegados se enteren que estoy con otra mujer… Más que nada me cuesta abrirme con los que me conocieron con una vida armada muy tradicional: marido, hijos y ahora un nietito en camino… No puedo contarles”.
Hay muchas personas que se dan permiso de probar estar con alguien de su mismo sexo luego de una “vida hétero” o viceversa, gente que en el pasado sólo tuvo relaciones homosexuales y después de décadas se enamora de alguien del sexo contrario. En ese sentido (si alguien se anima a concretar con otro de su mismo sexo luego de vivir una “vida heterosexual”) no creo ajustado concluir que es gay o toda la vida lo fue o que antes era hetero y ahora bisexual, o lo que fuese, más bien me parece adecuado que el propio sujeto descubra, construya, experimente su sexualidad, sexualidad que en ningún caso es del todo fija o lineal. Y sólo esa persona revisará y sabrá por qué le cuesta tanto asumir el rótulo de gay, o si le es menos o más conflictivo asumirse como bi. En todo caso, mi rol será escucharlo, contenerlo y acompañarlo en ese proceso.
Desde mi posición de terapeuta, no segrego a un paciente que se presente con una identificación singular, sea cual fuere, con una elección SIEMPRE inconsciente y enigmática, puesto que esa singularidad se corresponde con su deseo, y no con una orientación sexual enfermiza per se. Soy inclusivo también con los que padecen porque aún no pueden salir del clóset en todos sus ámbitos.
Yo escucho lo que el analizante despliega, lo que dice que siente o su malestar o bienestar, qué dice cuando expresa que es homo, hetero o bisexual, de igual manera con la identidad de género trans, cómo se presenta el sujeto, cómo se autopercibe, independientemente del sexo que le asignaron al nacer. Y al mismo tiempo estoy atento para no cristalizarme en esa solapa –sobre todo cuando es inamovible, contundente- que transmite el/la paciente, en una etiqueta o un rótulo que funciona a modo categorial.
Cada año hay más casilleros, más sujetos diferenciados en letras: LGTTBIQH… La letra I refiere a los intersexuales y la Q a los queer, yo agrego la H para mencionar también a los heterosexuales dentro de las diversidades sexuales. Pero todxs comparten algo: el SER. Y la capacidad de AMAR.
Otra vez cerrando un año fuerte. Un año intenso,
muy bueno, en movimiento. Se está yendo un 2013 en donde estuve muy activo, muy
vívido, trabajando mucho, viajando por destinos hasta entonces desconocidos por mí,
cerca de buenas personas que suman en este mundo y en mi vida profesional y/o
personal, porque no todo en mí es el psicoanálisis y la militancia por los
derechos humanos en general y los de la igualdad en materia de diversidad sexual en particular; también
me doy tiempo para mis hobbies, como lo son por ej. la escritura, la lectura,
la fotografía… Y esos intereses personales son también los que hacen que pueda mantener este espacio, mi blog, que ya ha cumplido 6 años y que ha sido visitado por más de 74.000 almas!
Les dejo un escrito de mi autoría que elegí publicar hoy como para cerrar
los post de este año que se extingue para terminar otro ciclo que relanzará otro
y abrirá otro más y así… Como para que la rueda no pare. A ver qué les parece…
Gracias gente linda por acompañarme codo con codo o a
la distancia comentando, interactuando, leyendo, SIENDO Y ESTANDO. Gracias cosmos por tanto! Y aquí me encuentran pleno para recibir
otro gran año nuevo que nos encontrará también conectados. Love. A. V.
Votar
al amor botando
Por Alejandro Viedma
Propongo
una asamblea. Escuchémonos. Votemos y botemos.
Todos
somos potenciales líderes de la palabra amorosa, del discurso respetuoso.
Tomemos
las armas de azúcares y sales.
Que
levante la mano quien se enamoró más de una vez en su vida.
Que
se ponga de pie el que amó loca, perdidamente a una sola persona hasta hoy.
¿Cómo es ese ser a quien le has destinado la exclusividad del amor? ¿Qué cosas
te llevaron a que lo idealices tanto como para que pierdas tu centro?
A
vos que estás en el fondo: ¿a quién rechazaste sin conocerlo? ¿Y a quién
conociéndolo tanto que te desencantó?
¿Hay
alguien que pudo transcurrir su vida sin haber pasado por la experiencia
afectivo-sexual? ¿Cómo hizo? ¿Cómo sobrelleva esto?
¿Cómo
hicieron los que tuvieron que duelar al amor de su vida?
¿Quién
botó (mandó a freír churros) a quien más lo hizo sufrir? Y, ¿quién se aferró
tanto a ese malestar sufriente que lo único que operó como tope fue el hecho de
que el otro lo haya botado primero?
¿Quién
votaría por un candidato que en su plataforma/campaña propusiese amar sin
trueques?
Y
que en su gabinete asistiera un doctor que indique recomendaciones para duelos
no-patológicos… Es que cuando uno corta una relación –o lo cortan- queda como
estaqueado y estancado, pues pierde esa posición de ser querido y deseado.
Herida narcisista, le dicen. El terror de la soledad inminente se apodera de
uno, y así la autoestima se va al bombo.
Hasta
que… again!! se cuela otro rayito de amor, de ilusión de completud, de VIDA, de
Eros, del entrelazamiento amor-sexo, de poder combinar esa dupla lujuriosamente
fatal y nutritiva… Y así se retoma la confianza y la seguridad en uno mismo y
en el prójimo, menguando la incertitud.
La
apuesta se redobla intentando botar lo negativo y reflexionando acerca de por
qué cosas nuevas estaremos dispuestos a votar.
Mi
voto al odio y al sufrimiento de balde
(¡como dicen en Paraguay!) es NO positivo. Voto por una sequía
de violencias y un volver a la fuente del interés por el otro, un Otro diverso.
Tampoco
habría que votar al millón de dólares, tal como decía Batato Barea, sino priorizar el AMOR AL
AMOR, como alguna vez se expresó. De lo contrario, quedate sentado y cómodo
donde estés.
Y
si se aviva el avispero cuando algo hace desencajar la estructura convencional,
¡que quede prohibido inmiscuirse en propiedades privadas! Que se cumpla la ley
(de no emboscar al amor a secas), y nadie se sentirá humillado.
Hola amigos y
amigas, estamos promediando el último mes del año, inicia una etapa de balances
y decisiones, así que va este textito de mi autoría alusivo al tiempo actual y a lo
que se viene: despedidas, cierres de 2013, brindis, recuerdos, fiestas, encuentros y desencuentros en donde uno aprende también a dejar soltar…
Tema del mes: “Yo
decido, tú decides…”, una breve reflexión
¿Qué diferencias
existen entre una decisión propia y una ajena?
La
decisión personal alivia, sobre todo si es tomada luego de un proceso, de un
tiempo subjetivo y reflexivo. Aliviana porque en esa determinación el sujeto
acciona, se posiciona en un lugar activo en donde toma el control de la
situación, por ende su Yo se reafirma, la autoestima sube. ¿O es porque uno
tiene una autoestima alta que puede decidir? El huevo o la gallina… La cuestión
es que muchas veces una decisión permite cerrar algo, poner un corte o límite y
eso destraba para abrir otro ciclo. Una determinación propia libera porque uno
en ese tomar las riendas a la vez suelta, se saca un peso –llámese conflicto- de
encima, lo cual tranquiliza, hace que uno descanse y ello tiene un impacto
interno y además en el entorno que circunda. Por lo anteriormente esbozado, las
decisiones personales generan un alivio incluso jugándosela, apostando porque
previamente uno necesita cambiar lo que le hace ruido por algo que supone será
mejor, algo que lo hará valorarse más. Entonces, a hacerse cargo de lo que se
elige para dejar afuera otra cosa, resignándola o para tener que atravesar un
duelo.
Del otro lado de
una columna imaginaria podemos decir que una decisión externa a uno,
principalmente si es sorpresiva, por decreto, ocasiona un malestar, que
puede manifestarse en dolor o bronca. El control lo tiene el otro, control que
irrumpe, lo cual hace que en ese caso uno quede en un lugar sumiso por sentirse
desalojado y eso haga que en un momento posterior el cuerpo pueda producir
síntomas. Así por momentos el Yo se desestructura, la persona queda con una
baja autoestima por habérsele abierto una herida, la cual supura tristeza o
malhumor.
Aunque, ahora
que lo pienso, me cuestiono lo redactado más arriba pues los humanos muchas
veces esperamos que sea el otro quien decida (por ejemplo, que nos echen de un
trabajo o que sea nuestra pareja la que decida el fin de la relación), nos
ponemos en una posición pasiva y cuando la otra persona toma la determinación
ansiada, también nos aliviamos, por corrernos del estrés; lo mismo sucede al
revés: a veces los demás esperan que uno decida (que renunciemos o cortemos,
por ej.) para no ser ellos quienes tomen la determinación… Paradójico, no?